TODOS LOS SANTOS

viernes, 13 de septiembre de 2013

SAN JUAN CRISOSTOMO



VERGEL DE SANTOS
Oriente, fue durante los primeros siglos de la Iglesia un vergel de santos. A esa tierra debemos doctores tan eximios como Juan Crisóstomo, San Basilio y los célebres anacoretas del desierto, San Pablo Ermitaño y San Antonio Abad, tan fecundos ellos, a pesar de la diferencia entre la soledad de Egipto y las ciudades de Antioquía y Constantinopla, donde se santificó y santificó a innumerables almas el prodigioso predicador Crisóstomo.
SU FAMILIA
Nació en Antioquía el año 344, de familia rica. Su padre ocupaba un cargo elevado en el ejército imperial de Siria. Muerto muy joven, tuvo qué encargarse de la educación de Juan su madre, viuda a los veinte años. El patriarca Flaviano de Antioquía le ordenó sacerdote y le hizo su ayudante de confianza. Fallecido el patriarca Nectario de Constantinopla, en 397, fue elegido el "Crisóstomo" -"boca de oro"- para sucederle. Después de un decenio de aflictivo pontificado, falleció en el destierro, en 400.
SU MADRE ANTUSA
Antusa -la madre de Juan Crisóstomo- era un tipo de mujer fuerte, que hacía exclamar al retórico sofista Libanio: "¡Dioses de Grecia, qué mujeres hay entre los cristianos!". Libanio, pagano, maestro y amigo de Juliano el Apóstata, había iniciado al joven en el cultivo de las letras y estaba orgulloso de su aplicación. Pero el muchacho evadió su influencia, gracias a los consejos de Antusa. Fue ella la que más velo para que su hijo adquiriese una gran formación en las ciencias sagradas y en las virtudes.
CUATRO AÑOS EN UNA CUEVA
Tanto penetró el espíritu cristiano en el corazón de Juan, que, en plena juventud, fallecida su madre, se consagró a una vida de soledad. Se retiró a una cueva, donde vivió cuatro años, entregado a la oración, a la meditación de las Escrituras y a los ejercicios de austeridad. Su salud, empeoro. No estaba hecha para tal vocación. Siguiendo el consejo de un viejo anacoreta, bajó nuevamente a la ciudad. En aquella larga temporada de aislamiento había escrito algunos libros espirituales, uno sobre la penitencia, en ellos se revelaba ya su elocuencia y belleza de estilo y su sabiduría profunda. Por esto el Obispo-Patriarca quiso elevarlo al sacerdocio y le confió enseguida importantes predicaciones, aparte de otros asuntos.
NACE EL GRAN ORADOR
Desde los primeros momentos fue admirado como un gran orador elegante y enérgico en la dicción, hondísimo en los pensamientos, penetrador sutil de las máximas cristianas. Su auditorio era toda la ciudad. La iglesia de Antioquía era pequeña para tan grandes multitudes. Solía predicar sobre el Evangelio con el fin de mejorar las costumbres e insistía mucho en las obras de misericordia, en la limosna, la santificación de la familia, la educación de los hijos, la necesidad de la oración y de los Sacramentos, la obligación de apartarse de los espectáculos inmorales.
A LA SILLA DE CONSTANTINOPLA
Vacante unos años la silla episcopal de Constantinopla, el emperador Arcadio le eligió para ocuparla por su elocuencia y sabiduría. Mucho costó vencer la resistencia del humilde sacerdote, y fue grande su disgusto por verse arrancado de su ciudad nativa.
Trasladado a la metrópoli imperial, la lujosa ciudad de Bizancio; la de los jardines y maravillosos palacios, la de los grandes templos y las cúpulas de oro, la de las ciencias y las artes, la placentera residencia de la corte, el nuevo Patriarca se ganó muy pronto el afecto de sus sacerdotes, de las familias distinguidas y, el del pueblo, por la amabilidad y deferencia con que trataba a todos y por la santidad de su vivir. Se hizo el más sencillo de los ciudadanos. La ejemplaridad de sus horas de oración, de sus penitencias y de sus limosnas influyó en la reforma general de costumbres, en mayor grado que sus mismos sermones.
PREDICADOR INFLUYENTE Y ENERGICO
La energía con que azotaba los vicios y pecados, sin miedo a las iras de los poderosos, le valió la antipatía de algunos elementos de la corte, que no cesaron de intrigar contra él. Predicaba a todas horas. Pero no se contentaba con el entusiasmo pasajero de los oyentes. Quería ver el fruto, las obras. No admitía una respuesta sólo de palabras. No basta, dice, adornar el templo. ¿Qué te dirá Dios si no te has preocupado de atender a tu hermano?
EL ODIO DE LA EMPERATRIZ EUDOXIA
Sus predicaciones sobre el lujo femenino y la ostentación de las grandes damas, provocaron el odio de la propia Emperatriz, quien, aliada con herejes y viciosos, no descansó hasta conseguir que Arcadio, firmase el decreto de su exilio. Fue despedido por una muchedumbre enorme, que, aclamándolo con entusiasmo y con lágrimas, convirtió la partida en verdadera victoria. El pueblo protestó del decreto en las formas más enérgicas. La corte no durmió en paz; y a las pocas horas castigaba el Señor a la capital del Imperio con un terremoto que produjo graves desperfectos. La emperatriz -Eudoxia- alarmada ante el aviso del Cielo, pidió enseguida el retorno del Patriarca.
A los pocos meses, la corte se enemistaba de nuevo con el Crisóstomo, por no haber cedido a las caprichosas exigencias imperiales y haber predicado, como siempre, la verdad y la virtud. El emperador le prohibió todo acto episcopal y le arrestó en su propia residencia. El pueblo iba a sublevarse para liberarle. Pero él, para evitar la sangre que hubiera costado la sedición, se escapó, en el año 404, camino del destierro. Estaba terminado su ministerio en Bizancio. Constantinopla no lo verá más actuando. Pero cuando, después de muerto, su cuerpo fue traído del Asia Menor para ser sepultado en aquella capital de su Archidiócesis, toda la ciudad le tributó los más fervorosos honores, para reparar la pasada injusticia
SU DOCTRINA SOBRE LA ORACION
Dice y escribe: "Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios ....Me refiero a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón, que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche". (Hom. 6 sobre la oración).
"La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible". (Hom. 6, sobre la oración).
"La oración no es el efecto de una actitud exterior, sino que procede del corazón. No se reduce a unas horas o momentos determinados, sino que está en continua actividad, lo mismo de día que de noche. No hay que contentarse con orientar a Dios el pensamiento cuando se dedica exclusivamente a la oración; sino que, aun cuando se encuentre absorbida por otras preocupaciones (...) hay que sembrarlas del deseo y el recuerdo de Dios". (Hom. 6 sobre la oración).
"La oración viene a ser una venerable mensajera nuestra ante Dios, alegra nuestro espíritu, aquieta nuestro ánimo". (Hom. 6, sobre la oración).
"La oración es perfecta cuando reúne la fe y la confesión; el leproso demostró su fe postrándose y confesó su necesidad con sus palabras". (Hom. Sobre S. Mateo, 25).
"La luz para nosotros es la inteligencia, que se muestra oscura o iluminada, según la cantidad de luz. Si se descuida la oración, que alimenta la luz, la inteligencia bien pronto se queda a oscuras". (Catena Áurea).
"Cuando digo a alguno: Ruega a Dios, pídele, suplícale, me responde: ya pedí una vez, dos, tres, diez, veinte veces, y nada he recibido. No ceses, hermano, hasta que hayas recibido; la petición termina cuando se recibe lo pedido. Cesa cuando hayas alcanzado; mejor aún, tampoco entonces ceses. Persevera todavía. Mientras no recibas pide para conseguir, y cuando hayas conseguido da gracias". (Hom, 10).
"Quien te redimió y te creó no quiere que cesen tus oraciones, y desea que por la oración alcances lo que su bondad quiere concederte. Nunca niega sus beneficios a quien los pide, y anima a los que oran a que no se cansen de orar". (Catena Áurea).
"La necesidad nos obliga a rogar por nosotros mismos, y la caridad fraterna a pedir por los demás. Es más aceptable a Dios la oración recomendada por la caridad que la que es impulsada por la necesidad". (Catena Áurea).
"Habiendo Dios dotado a los demás animales de la velocidad en la carrera, o la rapidez en el vuelo, o de uñas, o de dientes, o de cuernos, sólo al hombre lo dispuso de tal forma que su fortaleza no podía ser otra que la del mismo Dios: y esto lo hizo para que, obligado por la necesidad de su flaqueza, pida siempre a Dios cuanto pueda necesitar". (Catena Áurea).
LOS SEIS LIBROS SOBRE EL SACERDOCIO
Han sido mirados siempre como su obra más sobresaliente, y que no dejan nada que añadir a los que han tratado después esta materia. Dispuestos en forma de diálogo, nos ponen delante las graves razones y fundamentos que tuvo el santo para huir de la dignidad episcopal; y registra la perfección altísima que pide el estado sacerdotal, y el gravísimo peso, que ponen sobre sus hombros, los que se encargan del gobierno de las almas. Un día su gran amigo Basilio le visitó y le comunicó que querían hacerles obispos. Ellos se oponían. Llegado al día de la consagración. Sólo encontraron a Basilio. Juan había huido al desierto. Allí escribió diálogo sobre el sacerdocio. Distribuía su tiempo entre el estudio y la oración. Pero su voz, sublime no podía apagarse en el desierto. El patriarca Flaviano lo reclamó y volvió a la ciudad. Sacerdote y ayudante de su obispo, se entrega al ministerio de la palabra, y se convierte en Juan Crisóstomo, el de la boca de oro. Predica a todas horas, ataca los vicios, exhorta, aconseja, deslumbra con su palabra.
LOS DISCURSOS SOBRE LAS ESTATUAS
Estos discursos son un monumento de oratoria como no hay otro igual en toda la Antigüedad. Fueron veinte discursos que publicó en un momento delicado. El pueblo se amotinó contra el emperador Teodosio. Teodosio pensaba castigarles duramente. El Crisóstomo serenó los ánimos.
El año 397 es nombrado patriarca de Constantinopla. Seguirá predicando contra las injusticias de la corte y de los poderosos, lo mismo ahora en el Bósforo que antes en el Orontes. Los vicios se encontraban con la protesta de su palabra, como un día harán Hildebrando y Tomás Becket. Ante la debilidad del emperador Arcadio, se alzaba con todo el poder el ambicioso Eutropio, convertido en cónsul. El que se le oponía era eliminado, como el cónsul Primasio y su hijo. Quiso eliminar también a la viuda, que invocó el derecho de asilo en la iglesia. Eutropio la reclamó, pero se encontró frente a frente con el patriarca y tuvo que retroceder. Cambiaron las cosas. El que había abolido el derecho de asilo cayó en desgracia. La multitud quería asesinarlo. Acude al derecho de asilo. Y ahora es Juan el que sale en su defensa, les calma y consigue el perdón. La corte tornadiza, que tanto debía al Crisóstomo, ahora se vuelve contra él, por dar gusto a los resentidos y por agradar al patriarca de Alejandría, rival de Constantinopla. Juan no se asusta. No me importa la muerte, grita. Mi vida es Cristo y una ganancia el morir. Fue desterrado. Un temblor de tierra asustó a la supersticiosa emperatriz Eudosia, considerado como un signo de la cólera divina. Le llaman y vuelve. El Bósforo se iluminó para recibirle. Juan se pone en manos de Dios. Otra vez es desterrado a la frontera de Armenia, por censurar los lujos y frivolidad de la emperatriz. Sigue predicando en el destierro. Mantiene correspondencia con todas las Iglesias del orbe. Al Papa Inocencio I le dice que su afecto hacia él le consuela de todos los sufrimientos.
Muchos amigos he tenido sencillos, y verdaderos, que entendieron, y guardan escrupulosamente las leyes de la amistad; pero uno entre estos muchos ha sido, el que señalándose en amarme, ha procurado dejarlos tan atrás, como estos dejaron a los que sólo tenían conmigo una vulgar correspondencia. Era éste uno de aquéllos, que jamás se apartó de mi lado; porque habiéndose aplicado a unos mismos estudios, y tenido unos mismos maestros, era siempre una nuestra inclinación, y cuidado en las ciencias a que nos aplicábamos, y no diferente el deseo de ambos, porque procedía de unos mismos principios. Ni duró esto sólo aquel tiempo que frecuentábamos las escuelas; continuó también, cuando habiéndolas dejado, fue necesario deliberar sobre el estado más conveniente de vida que debíamos abrazar; aun en este lance fueron muy conformes nuestros sentimientos.
Fuera de éstas, había otras muchas causas, por las que se conservaba entre nosotros invariable, y constante esta uniformidad. Ninguno de los dos podía vanagloriarse sobre el otro por la nobleza de su patria; ni a mí me sobraban conveniencias, ni él se veía acosado de una extremada pobreza; sino que a la proporción de nuestros haberes correspondía la uniformidad de nuestras voluntades; era igualmente honrada nuestra familia. Finalmente, no había cosa que no conspirase a formar la unión estrecha de nuestros ánimos.
Pero cuando llegó el tiempo de que aquel hombre feliz abrazase el instituto monástico, y siguiese la verdadera filosofía; ya desde entonces quedaron desiguales nuestros pesos: su balanza se levantaba en alto, al paso que yo, enredado en los deseos del siglo, hacia bajar la mía, y la violentaba a que quedase oprimida, cargándola de pensamientos juveniles. Aun entonces permanecía entre nosotros, del mismo modo que antes, una firme y constante amistad; pero debía interrumpirse nuestro trato. ¿Cómo era posible que pudiésemos mantenerlo continuo, siendo nuestras ocupaciones tan diversas?
Pero luego que comencé yo también, poco a poco, a sacar la cabeza de entre las tempestades de la vida, me recibió en esta ocasión con los brazos abiertos; pero ni aun así pudimos conservar nuestra primera igualdad: porque habiéndome prevenido en el tiempo, y manifestado un ardor de ánimo increíble, se levantaba todavía sobre mí, llegando a tocar un punto de elevación muy grande.
Sin embargo, siendo él de una índole muy buena, y haciendo gran aprecio de mi amistad, abandonó la compañía de todos los otros, por pasar en la mía todo el tiempo. Esto es lo que ya mucho tiempo antes vivamente había deseado, pero por mi desidia, como dije, habían quedado burlados sus deseos. ¿Cómo podía yo, asistiendo continuamente a los tribunales, y andando a caza de diversiones en el teatro, tener gusto en conversar familiarmente con aquél, cuyo pensamiento estaba fijo sobre los libros, y que no se dejaba ver jamás en público? De aquí es, que habiendo estado hasta entonces separados, luego que me admitió al mismo género, y método de vida, sin perder un instante de tiempo, me descubrió aquel deseo, que muy anticipadamente había concebido: y no apartándose de mi lado ni una brevísima parte del día, me exhortaba sin cesar, a que dejando cada uno su casa particular, eligiésemos una habitación común. Llegó a persuadirme, y quedamos determinados a hacerlo.
LA OPOSICION CARÑOSA DE SU MADRE
Pero los continuos halagos de mi madre, fueron causa de que yo no le concediese esta gracia; mejor diré, que no recibiese de él este beneficio. Luego que ésta llegó a entender el camino que yo quería tomar, asiéndome de la mano, me introdujo en un cuarto retirado de la casa, y haciéndome sentar junto a la cama, en donde me había dado a luz, prorrumpió en un mar de lágrimas, y añadiendo palabras, que movían más que su llanto, comenzó a lamentarse de esta suerte: «Hijo mío, dijo, no me fue permitido disfrutar largamente las virtudes de tu padre, porque Dios así lo dispuso; a los dolores que yo tuve cuando te di a luz, sucedió su muerte, dejándote a ti huérfano y a mí viuda antes de tiempo y entre los males y trabajos de una viudez, que sólo pueden comprender las que los han experimentado.
JUSTIFICA A SU MADRE
¿Qué palabras pueden bastar para explicar aquella tempestad, y turbación que sufre una mujer joven, cuando apenas salida de la casa de su padre, y sin experiencia alguna de las cosas, repentinamente se halla en medio de un dolor insoportable, y se ve obligada a entrar en pensamientos superiores a su sexo, y a su edad? Porque debe, según yo pienso, atender a corregir el descuido de los domésticos, observando sus malos procederes, haciendo frente a las asechanzas de los parientes, y soportando con generosidad de ánimo las molestias de aquéllos que administran los intereses del público, y su dureza en exigir los tributos. Y si el que ha muerto deja sucesión, si es femenina, aun así, deja un cuidado no pequeño a la madre; pero libre de gasto, y de temores: más si es varonil, cada día la aumenta nuevos sobresaltos, y mayores cuidados. Deja a un lado el consumo de dinero que se necesita hacer, si desea que tenga una educación correspondiente a su estado. Con todo, ninguna de estas cosas han podido inducirme a que yo abrazase un segundo matrimonio, y que introdujese otro esposo en la casa de tu padre; sino que he permanecido en esta tempestad, y torbellino, y no he rehusado el trabajoso ardor de la viudez, asistida principalmente de la gracia del Señor. Ni contribuyó poco para esto el gran consuelo que recibía, viendo continuamente tu semblante, en donde registraba vivamente copiada la imagen de tu difunto padre. De aquí es, que siendo tú niño, y que no sabías aun articular las palabras, que es cuando más gusto reciben los padres de los hijos, yo tenía en ti un grandísimo consuelo.
Ni tú podrás decirme, o culparme con verdad, que aunque generosamente haya soportado la viudez, no obstante por las incomodidades de ésta, te he disminuido el patrimonio, como sé que ha sucedido a muchos, que han tenido la desgracia de quedar huérfanos como tú. Pues yo te he conservado intacto todo lo que era tuyo; ni he perdonado a gastos en todo lo que pertenecía a tu decoro, gastando de lo que era mío, y de lo que tenía cuando salí de la casa de mi padre.
Ni te persuadas que te digo esto por sacarte los colores a la cara: solamente te pido por todo esto una gracia; y es, que no me envuelvas en una segunda viudez, despertándome un dolor, que está ya enteramente adormecido; sino que esperes mi muerte, que tal vez ya no tardará. Se puede esperar que los jóvenes lleguen a una larga vejez, pero nosotros, que hemos comenzado ya a envejecer, solo podemos esperar la muerte. Luego que me hayas enterrado, y puesto mis huesos junto a los de tu padre, puedes emprender largas peregrinaciones; entra en el mar que quisieres, pues no tendrás alguno que te lo impida; pero mientras que yo respiro, sufre el vivir en mi compañía. No quieras temerariamente, y sin consejo ofender a Dios, poniéndome en tan grandes trabajos, sin que de mi parte hayas tenido motivo para ello. Y si tú puedes culparme de que yo te arrastro a los cuidados de la vida, y de que te obligo a atender a tus cosas, niégate enhorabuena a las leyes de la naturaleza, a la educación que te he dado, a la compañía, y a todos los otros motivos: huye de mí, como de un enemigo que te pone asechanzas. Pero si no omito diligencia, para que te sea más fácil, y llevadero el camino de esta vida, ya que no otro respeto, a lo menos este lazo te detenga junto a mí. Pues aunque tú digas ser infinitos aquéllos que te aman; ninguno podrá hacer que goces de una libertad como ésta; porque ninguno hay que estime tu decoro como yo.
Éstas, y otras cosas me dijo mi madre, y yo se las repetí a aquel generoso varón, que no sólo no se movió de semejante discurso, sino que insistió con mayor tesón en su primera resolución e instancia.
EL RUMOR DE LA PROMOCION EPISCOPAL DE JUAN Y BASILIO
Hallándonos, pues, en estos términos, e instándome él continuamente a que condescendiese con sus súplicas, pero sin acabar yo de resolverme, nos confundió un rumor que se esparció por la ciudad de que seríamos promovidos a la dignidad episcopal.
Cuando yo oí semejante voz, quedé sorprendido de temor, y perplejidad: de temor porque no me obligasen a abrazar contra mi voluntad aquel estado; y de perplejidad, porque no acababa de entender cómo pudo venir al pensamiento de aquellos varones el resolver una cosa como ésta de mi persona; pues volviendo a mirar sobre mí mismo, no encontraba en mí cosa que fuese digna de tal honor.
Aquel joven valeroso, vino a buscarme a solas; me dio parte de las voces que corrían y creyendo que yo las ignorase, me rogaba que en esta ocasión, como en todas las antecedentes, se viese que nuestras acciones y deliberaciones eran unas; que él por su parte estaba dispuesto a seguir con prontitud de ánimo, cualquier camino que yo le mostrase; ya conviniese rehusar, ya abrazar aquel estado.
¿COMO PRIVAR A LA IGLESIA DE AQUEL GENEROSO PASTOR?
Viendo, pues, una resolución tan noble, y creyendo que podría causar no pequeño daño a todo el común de la Iglesia, si por mi debilidad privaba al rebaño de Jesucristo de un joven tan bueno y tan útil para el gobierno de los hombres, no le descubrí lo que sentía de estas cosas; aunque hasta entonces, jamás había podido sufrir el ocultarle alguno de mis sentimientos. Y añadiéndole ser muy conveniente dejar para otro tiempo el resolver sobre este negocio, y que confiase, que si llegaba el caso de abrazar aquel estado, yo le acompañaría en la determinación.
CRISOSTOMO SE OCULTO
Pero no pasó mucho tiempo, cuando llegó allí el que nos había de ordenar: yo me oculté, y él fue conducido a recibir el yugo, esperando, por lo que yo le había prometido, que sin dificultad lo seguiría, o que tal vez era él el que me seguía, pues algunos de los que se hallaban presentes,  viéndole inquieto por esta especie de violencia, lo engañaron diciendo que era cosa indigna, que aquél a quien todos tenían por atrevido, hubiese cedido con tanta sumisión al juicio de los Padres; y que él, que era más modesto y prudente, se mostrase soberbio y amigo de vanagloria, rehusando, repugnando, y contradiciendo.
Habiendo cedido a estas razones, luego que supo que yo me había ocultado, fue a buscarme; y entrando en mi cuarto con semblante muy triste, se sienta junto a mí, pero impedido por la angustia, no podía manifestar con las palabras la violencia que padecía; luego que abría los labios la opresión interna le enmudecía.
Pero cuando llegó el tiempo de que aquel hombre feliz abrazase el instituto monástico, y siguiese la verdadera filosofía; ya desde entonces quedaron desiguales nuestros pesos: su balanza se levantaba en alto, al paso que yo, enredado en los deseos del siglo, hacia bajar la mía, y la violentaba a que quedase oprimida, cargándola de pensamientos juveniles. Aun entonces permanecía entre nosotros, del mismo modo que antes, una firme y constante amistad; pero debía interrumpirse nuestro trato. ¿Cómo era posible que pudiésemos mantenerlo continuo, siendo nuestras ocupaciones tan diversas?
EN LA PAZ
Cuando iba a ser trasladado a la costa oriental del Mar Negro, al pie del Cáucaso, al llegar a una ermita de Comano, enfermó y agotado expiró. Ha sido llamado el teólogo de la Eucaristía y el mejor intérprete de San Pablo. Sus restos reposaron en Constantinopla. Actualmente se hallan en Roma, en la basílica de San Pedro del Vaticano.
 Autor: JESUS MARTI BALLESTER

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