TODOS LOS SANTOS

viernes, 14 de marzo de 2014

SANTA MATILDE REINA



Hoy, 14 de marzo, conmemoramos a Santa MATILDE, Reina.

SANTA MATILDE (¿895?-968) nació en Engern, Sajonia, en la actual Alemania; hija de Teodorico conde de Westfalia y de Rainilda de Dinamarca.

Fue educada en el monasterio de Herford, y aprendió a leer y a escribir, algo no muy común en su época. Durante su educación siempre está atenta a los sucesos de la política.

Se casa con Enrique I, duque de Sajonia y más tarde, en 919, rey de Alemania; ambos instauran la célebre dinastía sajona que gobernó los países alemanes con cuatro emperadores.

Cuando Enrique parte a la guerra, ella sabe dirigir bien el reino. Pero a la muerte de su marido, en 936, Santa Matilde renuncia a todos los privilegios característicos de su rango para llevar una vida austera, generosa y caritativa para el prójimo.

Siguió una violenta pugna por la sucesión entre sus hijos, Enrique y Otón, que se resolvió a favor de este último, al ser coronado emperador en Roma en 962. Esto significó una larga prueba de sufrimiento, humildad y paciencia para Santa Matilde.

La santa mandó construir conventos en Nordhausen, Engern, Poehlen y Quedlinburg, donde finalmente murió.

Se dice que Santa Matilde poseía el don de predecir el fallecimiento de algunas personas. Desde su fallecimiento fue venerada como santa.

SANTA MATILDE nos enseña resignación ante el sufrimiento por los más crueles pleitos familiares.

jueves, 27 de febrero de 2014

SAN GABRIEL DE LA DOLOROSA 1838-1862



 

En Isola, del Abruzo, en Italia, san Gabriel de la Virgen de los Dolores (Francisco) Possenti, acólito, que, renunciando a la vanidad del mundo, todavía adolescente ingresó en la Congregación de la Pasión y en breve tiempo consumó su vida.
Se llamaba Francisco Possenti y había nacido en Asís. Su padre era el juez Possenti, un personaje en la localidad, porque además era gobernador de los Estados Pontificios. Estudió con los jesuitas de Spoleto y con los hermanos de La Salle, y estuvo más preocupado por la literatura, su aspecto físico y el baile que por la virtud, de manera que le llamaba "el bailarín". 
Por dos veces una grave enfermedad le hizo prometer que si sanaba se haría religioso, pero al recobrar la salud no tardó en olvidar su promesa, hasta que una recaída y la muerte de su hermana predilecta, María Luisa (1855), hicieron que se planteara seriamente su vocación, y de sustituir a su hermana y su madre por la Virgen. Dejó a la novia que tenía y le planteó a su padre hacerse religioso; pero su padre le mantuvo a prueba durante un año en su casa. En 1856, con 18 años, ingresó en los pasionistas de Morrovalle adoptando el nombre de Gabriel de la Dolorosa, por su amor a la Virgen de los Dolores, "Mi paraíso son los dolores de mi querida Madre". Vivió una gran devoción a la Virgen, tanto internamente como en público; especialmente en la procesión anual de Spoleto con la "Santa Icone". 
Su vida transcurrió en los conventos de Morrovalle, en Pievetorina y por último en Issola del Gran Sasso, en los Abruzos. No tuvo nada de clamoroso. Desde fuera no traslucía casi nada, porque su conducta ejemplar se consumó en la perfecta disciplina, en la meticulosa observancia de la regla, en la perfecta humildad, y en la apasionada oración. Solamente por las cartas se observaba como su corazón ardía por su amor a la virgen de los Dolores: "Amo tanto a la Virgen María, que es mi Madre, que si los superiores me lo permitieran grabaría su nombre en mi corazón y en mis carnes con letras de fuego".
 Una Orden tan severa como la de los pasionistas no le resultó fácil: le costó acostumbrarse a sus rigores, su delicada complexión se resistió, sufrió diversas enfermedades y cuando Fue ordenado de menores en 1861 estaba enfermo de tisis, y murió un año antes de ser sacerdote. Se le conoció como el "santo de la sonrisa". Después de su muerte realizó numeroso milagros. Desde 1969 su culto se ha limitado a los calendarios locales. Copatrón de la juventud católica italiana. Patrón de los Abruzos. 


jueves, 23 de enero de 2014

SAN ILDEFONSO



Fiesta: 23 de enero
Obispo de Toledo.  606- 669
San Ildefonso nació en Toledo, España. Su tío era Eugenio, también de Toledo. Estudió en Sevilla bajo  San Isidoro. Entró a la vida monástica y fue elegido abad de Agalia, en el río Tajo, cerca de Toledo.  En el 657 fue elegido arzobispo de esa ciudad. Unificó la liturgia en España; escribió muchas obras importantes, particularmente sobre la Virgen María.
San Ildefonso tenía una profunda devoción a la Inmaculada Concepción XII siglos antes de que se proclamara dogmáticamente. Ella le favoreció con grandes milagros.

Milagro del encuentro con la Virgen
Una noche de diciembre, él, junto con sus clérigos y algunos otros, fueron a la iglesia, para cantar himnos en honor a la Virgen María. Encontraron la capilla brillando con una luz tan deslumbrante, que sintieron temor. Todos huyeron excepto Alfonso y sus dos diáconos. Estos entraron y se acercaron al altar. Ante ellos se encontraba la María, La Inmaculada Concepción, sentada en la silla del obispo, rodeada por una compañía de vírgenes entonando cantos celestiales. María hízole seña con la cabeza para que se acercara. Habiendo obedecido, ella fijó sus ojos sobre él y dijo: "Tu eres mi capellán y fiel notario. Recibe esta casulla la cual mi Hijo te envía de su tesorería." Habiendo dicho esto, la Virgen misma lo invistió, dándole las instrucciones de usarla solamente en los días festivos designados en su honor.

Esta aparición y la casulla, fueron pruebas tan claras, que el concilio de Toledo ordenó un día de fiesta especial para perpetuar su memoria. El evento aparece documentado en el Acta Sanctórum como El Descendimiento de la Santísima Virgen y de su Aparición.
En la catedral los peregrinos pueden aun observar la piedra en que la Virgen Santísima puso sus pies cuando se le apareció a San Ildefonso.

En el bautismo, Cristo es quien bautiza
Del libro de san Ildefonso, obispo, sobre el conocimiento del bautismo, OFICIO DE LECTURA

Vino el Señor para ser bautizado por el siervo Por humildad, el siervo lo apartaba, diciendo: Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí? Pero, por justicia, el Señor se lo ordenó, respondiendo: Déjalo ahora. Está bien que cumplamos así todo lo que Dios quiere.

Después de esto, declinó el bautismo de Juan, que era bautismo de penitencia y sombra de la verdad, y empezó el bautismo de Cristo, que es la verdad, en el cual se obtiene la remisión de los pecados, aun cuando no bautizase Cristo, sino sus discípulos. En este caso, bautiza Cristo, pero no bautiza. Y las dos cosas son verdaderas bautiza Cristo, porque es él quien purifica, pero no bautiza, porque no es él quien baña. Sus discípulos, en aquel tiempo, ponían las acciones corporales de su ministerio, como hacen también ahora los ministros, pero Cristo ponía el auxilio de su majestad divina. Nunca deja de bautizar el que no cesa de purificar; y, así, hasta el fin de los siglos, Cristo es el que bautiza, porque es siempre él quien purifica.

Por tanto, que el hombre se acerque con fe al humilde ministro, ya que éste está respaldado por tan gran maestro. El maestro es Cristo. Y la eficacia de este sacramento reside no en las acciones del ministro, sino en el poder del maestro, que es Cristo.

Oración

Dios todopoderoso, que hiciste a san Ildefonso insigne defensor de la virginidad de María, concede a los que creemos en este privilegio de la Madre de tu Hijo sentirnos amparados por su poderosa y materna intercesión. Por nuestro Señor Jesucristo.


 
ORACIÓN A MARIA
De San Ildefonso de Toledo

(del Libro de la perpetua virginidad de Santa María)
A ti acudo, única Virgen y Madre de Dios. Ante la única que ha obrado la Encarnación de mi Dios me postro.
Me humillo ante la única que es madre de mi Señor. Te ruego que por ser la Esclava de tu Hijo me permitas consagrarme a ti y a Dios, ser tu esclavo y esclavo de tu Hijo,
servirte a ti y a tu Señor.

A Él, sin embargo, como a mi Creador y a ti como madre de nuestro Creador;
a Él como Señor de las virtudes y a ti como esclava del Señor de todas las cosas; a Él como a Dios y a ti como a Madre de de Dios.

Yo soy tu siervo, porque mi Señor es tu Hijo. Tú eres mi Señora, porque eres esclava de mi Señor.

Concédeme, por tanto, esto, ¡Oh Jesús Dios, Hijo del hombre!: creer del parto de la Virgen aquello que complete mi fe en tu Encarnación; hablar de la maternidad virginal aquello que llene mis labios de tus alabanzas; amar en tu Madre aquello que tu llenes en mi con tu amor; servir a tu Madre de tal modo que reconozcas que te he servido a ti; vivir bajo su gobierno en tal manera que sepa que te estoy agradando y ser en este mundo de tal modo gobernado por Ella que ese dominio me conduzca a que Tú seas mi Señor en la eternidad.

¡Ojala yo, siendo un instrumento dócil en las manos del sumo Dios, consiga con mis ruegos ser ligado a la Virgen Madre por un vínculo de devota esclavitud y vivir sirviéndola continuamente!

Pues los que no aceptáis que María sea siempre Virgen; los que no queréis reconocer a mi Creador por Hijo suyo, y a Ella por Madre de mi Creador; si no glorificáis a este Dios como Hijo de Ella,  tampoco glorificáis como Dios a mi Señor. No glorificáis como Dios a mi Señor los que no proclamáis bienaventurada a la que el Espíritu Santo ha mandado llamar así por todas las naciones; los que no rendís honor a la Madre del Señor
con la excusa de honrar a Dios su Hijo.

Sin embargo yo, precisamente por ser siervo de su Hijo, deseo que Ella sea mi Señora; para estar bajo el imperio de su Hijo, quiero servirle a Ella; para probar que soy siervo de Dios, busco el testimonio del dominio sobre mi de su Madre; para ser servidor de Aquel que engendra eternamente al Hijo,
deseo servir fielmente a la que lo ha engendrado como hombre.
Pues el servicio a la Esclava está orientado al servicio del Señor;
lo que se da a la Madre redunda en el Hijo;
lo que recibe la que nutre termina en el que es nutrido,
y el honor que el servidor rinde a la Reina viene a recaer sobre el Rey.

Por eso me gozo en mi Señora,
canto mi alegría a la Madre del Señor,
exulto con la Sierva de su Hijo, que ha sido hecha Madre de mi Creador
y disfruto con Aquélla en la que el Verbo se ha hecho carne.
Porque gracias a la Virgen yo confío en la muerte de este Hijo de Dios
y espero que mi salvación y mi alegría venga de Dios siempre y sin mengua,
ahora, desde ahora y en todo tiempo y en toda edad
por los siglos de los siglos.
Amén.


martes, 10 de diciembre de 2013

SANTA EULALIA DE MERIDA


Mártir, nacida en Mérida y martirizada en esta misma ciudad en el año 304.

Cuando Eulalia cumplió los doce años apareció el decreto del emperador Diocleciano prohibiendo a los cristianos dar culto a Jesucristo, y mandándoles que debían adorar a los falsos ídolos de los paganos. La niña sintió un gran disgusto por estas leyes tan injustas y se propuso protestar entre los delegados del gobierno.

Viendo su madre que la joven podía correr algún peligro de muerte si se atrevía a protestar contra la persecución de los gobernantes, se la llevó a vivir al campo, pero ella se vino de allá y llegó a la ciudad de Mérida.

Eulalia se presentó ante el gobernador Daciano y le protestó valientemente diciéndole que esas leyes que mandaban adorar ídolos y prohibían al verdadero Dios eran totalmente injustas y no podían ser obedecidas por los cristianos.



Daciano intentó al principio ofrecer regalos y hacer promesas de ayudas a la niña para que cambiara de opinión, pero al ver que ella seguía fuertemente convencida de sus ideas cristianas, le mostró todos los instrumentos de tortura con los cuales le podían hacer padecer horriblemente si no obedecía a la ley del emperador que mandaba adorar ídolos y prohibía adorar a Jesucristo.


Y le dijo: "De todos estos sufrimientos te vas a librar si le ofreces este pan a los dioses, y les quemas este poquito de incienso en los altares de ellos". La jovencita lanzó lejos el pan, echó por el suelo el incienso y le dijo valientemente: "Al sólo Dios del cielo adoro; a El únicamente le ofreceré sacrificios y le quemaré incienso. Y a nadie más".

Entonces el juez pagano mandó que la destrozaran golpeándola con varillas de hierro y que sobre sus heridas colocaran antorchas encendidas. La hermosa cabellera de Eulalia se incendió y la jovencita murió quemada y ahogada por el humo.


Dice el poeta Prudencio que al morir la santa, la gente vio una blanquísima paloma que volaba hacia el cielo, y que los verdugos salieron huyendo, llenos de pavor y de remordimiento por haber matado a una criatura inocente. La nieve cubrió el cadáver y el suelo de los alrededores, hasta que varios días después llegaron unos cristianos y le dieron honrosa sepultura al cuerpo de la joven mártir. Allí en el sitio de su sepultura se levantó un templo de honor de Santa Eulalia, y dice el poeta que él mismo vio que a ese templo llegaban muchos peregrinos a orar ante los restos de tan valiente joven y a conseguir por medio de ella muy notables favores de Dios.


El culto de Santa Eulalia se hizo tan popular que hasta el gran San Agustín hizo sermones en honor de esta joven santa. Y en la muy antigua lista de mártires de la Iglesia Católica, llamada "Martirologio romano", hay esta frase: "el 10 de diciembre, se conmemora a Santa Eulalia, mártir de España, muerta por proclamar su fe en Jesucristo".



Himno a Santa Eulalia

Gloria y Honor a la mártir de Cristo

Que en la arena luchando valiente,

Esmaltó con su sangre inocente

de pureza el virgíneo cendal:

Que en el cielo su triunfo pregona,

Mientras Cristo su frente corona

Con la gloria del lauro inmortal.

Pura azucena, morado lirio,

Rosa fragante; flor de martirio;

Flor que embalsamas de auras de cielo

Nuestros hogares: Cuando tu velo

Como paloma posaste aquí,

Tú ser quisiste desde ese día,

Amparo siempre, consuelo y guía,

del que en sus penas se acoge a ti.

Tú nos bendices desde la altura

Donde en tu ermita, radiante y pura,

Luce tu imagen como la aurora,

Mirando a un pueblo que canta y ora

E implora siempre tu protección:

Que allí tu trono fijar Dios quiso

Como trasunto del Paraíso,

Como promesa de bendición.

Martir de Cristo, Virgen Sagrada,

A quien Dios hizo nuestra abogada:

Por ti alentados, la vida entera

Seguir queremos nuestra carrera

Bajo tu sombra; y en tu loor

Cantar fervientes himnos de gloria,

Como trofeo de tu victoria,

Como tributo de nuestro amor.

viernes, 13 de septiembre de 2013

SAN JUAN CRISOSTOMO



VERGEL DE SANTOS
Oriente, fue durante los primeros siglos de la Iglesia un vergel de santos. A esa tierra debemos doctores tan eximios como Juan Crisóstomo, San Basilio y los célebres anacoretas del desierto, San Pablo Ermitaño y San Antonio Abad, tan fecundos ellos, a pesar de la diferencia entre la soledad de Egipto y las ciudades de Antioquía y Constantinopla, donde se santificó y santificó a innumerables almas el prodigioso predicador Crisóstomo.
SU FAMILIA
Nació en Antioquía el año 344, de familia rica. Su padre ocupaba un cargo elevado en el ejército imperial de Siria. Muerto muy joven, tuvo qué encargarse de la educación de Juan su madre, viuda a los veinte años. El patriarca Flaviano de Antioquía le ordenó sacerdote y le hizo su ayudante de confianza. Fallecido el patriarca Nectario de Constantinopla, en 397, fue elegido el "Crisóstomo" -"boca de oro"- para sucederle. Después de un decenio de aflictivo pontificado, falleció en el destierro, en 400.
SU MADRE ANTUSA
Antusa -la madre de Juan Crisóstomo- era un tipo de mujer fuerte, que hacía exclamar al retórico sofista Libanio: "¡Dioses de Grecia, qué mujeres hay entre los cristianos!". Libanio, pagano, maestro y amigo de Juliano el Apóstata, había iniciado al joven en el cultivo de las letras y estaba orgulloso de su aplicación. Pero el muchacho evadió su influencia, gracias a los consejos de Antusa. Fue ella la que más velo para que su hijo adquiriese una gran formación en las ciencias sagradas y en las virtudes.
CUATRO AÑOS EN UNA CUEVA
Tanto penetró el espíritu cristiano en el corazón de Juan, que, en plena juventud, fallecida su madre, se consagró a una vida de soledad. Se retiró a una cueva, donde vivió cuatro años, entregado a la oración, a la meditación de las Escrituras y a los ejercicios de austeridad. Su salud, empeoro. No estaba hecha para tal vocación. Siguiendo el consejo de un viejo anacoreta, bajó nuevamente a la ciudad. En aquella larga temporada de aislamiento había escrito algunos libros espirituales, uno sobre la penitencia, en ellos se revelaba ya su elocuencia y belleza de estilo y su sabiduría profunda. Por esto el Obispo-Patriarca quiso elevarlo al sacerdocio y le confió enseguida importantes predicaciones, aparte de otros asuntos.
NACE EL GRAN ORADOR
Desde los primeros momentos fue admirado como un gran orador elegante y enérgico en la dicción, hondísimo en los pensamientos, penetrador sutil de las máximas cristianas. Su auditorio era toda la ciudad. La iglesia de Antioquía era pequeña para tan grandes multitudes. Solía predicar sobre el Evangelio con el fin de mejorar las costumbres e insistía mucho en las obras de misericordia, en la limosna, la santificación de la familia, la educación de los hijos, la necesidad de la oración y de los Sacramentos, la obligación de apartarse de los espectáculos inmorales.
A LA SILLA DE CONSTANTINOPLA
Vacante unos años la silla episcopal de Constantinopla, el emperador Arcadio le eligió para ocuparla por su elocuencia y sabiduría. Mucho costó vencer la resistencia del humilde sacerdote, y fue grande su disgusto por verse arrancado de su ciudad nativa.
Trasladado a la metrópoli imperial, la lujosa ciudad de Bizancio; la de los jardines y maravillosos palacios, la de los grandes templos y las cúpulas de oro, la de las ciencias y las artes, la placentera residencia de la corte, el nuevo Patriarca se ganó muy pronto el afecto de sus sacerdotes, de las familias distinguidas y, el del pueblo, por la amabilidad y deferencia con que trataba a todos y por la santidad de su vivir. Se hizo el más sencillo de los ciudadanos. La ejemplaridad de sus horas de oración, de sus penitencias y de sus limosnas influyó en la reforma general de costumbres, en mayor grado que sus mismos sermones.
PREDICADOR INFLUYENTE Y ENERGICO
La energía con que azotaba los vicios y pecados, sin miedo a las iras de los poderosos, le valió la antipatía de algunos elementos de la corte, que no cesaron de intrigar contra él. Predicaba a todas horas. Pero no se contentaba con el entusiasmo pasajero de los oyentes. Quería ver el fruto, las obras. No admitía una respuesta sólo de palabras. No basta, dice, adornar el templo. ¿Qué te dirá Dios si no te has preocupado de atender a tu hermano?
EL ODIO DE LA EMPERATRIZ EUDOXIA
Sus predicaciones sobre el lujo femenino y la ostentación de las grandes damas, provocaron el odio de la propia Emperatriz, quien, aliada con herejes y viciosos, no descansó hasta conseguir que Arcadio, firmase el decreto de su exilio. Fue despedido por una muchedumbre enorme, que, aclamándolo con entusiasmo y con lágrimas, convirtió la partida en verdadera victoria. El pueblo protestó del decreto en las formas más enérgicas. La corte no durmió en paz; y a las pocas horas castigaba el Señor a la capital del Imperio con un terremoto que produjo graves desperfectos. La emperatriz -Eudoxia- alarmada ante el aviso del Cielo, pidió enseguida el retorno del Patriarca.
A los pocos meses, la corte se enemistaba de nuevo con el Crisóstomo, por no haber cedido a las caprichosas exigencias imperiales y haber predicado, como siempre, la verdad y la virtud. El emperador le prohibió todo acto episcopal y le arrestó en su propia residencia. El pueblo iba a sublevarse para liberarle. Pero él, para evitar la sangre que hubiera costado la sedición, se escapó, en el año 404, camino del destierro. Estaba terminado su ministerio en Bizancio. Constantinopla no lo verá más actuando. Pero cuando, después de muerto, su cuerpo fue traído del Asia Menor para ser sepultado en aquella capital de su Archidiócesis, toda la ciudad le tributó los más fervorosos honores, para reparar la pasada injusticia
SU DOCTRINA SOBRE LA ORACION
Dice y escribe: "Nada hay mejor que la oración y coloquio con Dios ....Me refiero a aquella oración que no se hace por rutina, sino de corazón, que no queda circunscrita a unos determinados momentos, sino que se prolonga sin cesar día y noche". (Hom. 6 sobre la oración).
"La oración es luz del alma, verdadero conocimiento de Dios, mediadora entre Dios y los hombres. Por ella nuestro espíritu, elevado hasta el cielo, abraza a Dios con abrazos inefables; por ella nuestro espíritu espera el cumplimiento de sus propios anhelos y recibe unos bienes que superan todo lo natural y visible". (Hom. 6, sobre la oración).
"La oración no es el efecto de una actitud exterior, sino que procede del corazón. No se reduce a unas horas o momentos determinados, sino que está en continua actividad, lo mismo de día que de noche. No hay que contentarse con orientar a Dios el pensamiento cuando se dedica exclusivamente a la oración; sino que, aun cuando se encuentre absorbida por otras preocupaciones (...) hay que sembrarlas del deseo y el recuerdo de Dios". (Hom. 6 sobre la oración).
"La oración viene a ser una venerable mensajera nuestra ante Dios, alegra nuestro espíritu, aquieta nuestro ánimo". (Hom. 6, sobre la oración).
"La oración es perfecta cuando reúne la fe y la confesión; el leproso demostró su fe postrándose y confesó su necesidad con sus palabras". (Hom. Sobre S. Mateo, 25).
"La luz para nosotros es la inteligencia, que se muestra oscura o iluminada, según la cantidad de luz. Si se descuida la oración, que alimenta la luz, la inteligencia bien pronto se queda a oscuras". (Catena Áurea).
"Cuando digo a alguno: Ruega a Dios, pídele, suplícale, me responde: ya pedí una vez, dos, tres, diez, veinte veces, y nada he recibido. No ceses, hermano, hasta que hayas recibido; la petición termina cuando se recibe lo pedido. Cesa cuando hayas alcanzado; mejor aún, tampoco entonces ceses. Persevera todavía. Mientras no recibas pide para conseguir, y cuando hayas conseguido da gracias". (Hom, 10).
"Quien te redimió y te creó no quiere que cesen tus oraciones, y desea que por la oración alcances lo que su bondad quiere concederte. Nunca niega sus beneficios a quien los pide, y anima a los que oran a que no se cansen de orar". (Catena Áurea).
"La necesidad nos obliga a rogar por nosotros mismos, y la caridad fraterna a pedir por los demás. Es más aceptable a Dios la oración recomendada por la caridad que la que es impulsada por la necesidad". (Catena Áurea).
"Habiendo Dios dotado a los demás animales de la velocidad en la carrera, o la rapidez en el vuelo, o de uñas, o de dientes, o de cuernos, sólo al hombre lo dispuso de tal forma que su fortaleza no podía ser otra que la del mismo Dios: y esto lo hizo para que, obligado por la necesidad de su flaqueza, pida siempre a Dios cuanto pueda necesitar". (Catena Áurea).
LOS SEIS LIBROS SOBRE EL SACERDOCIO
Han sido mirados siempre como su obra más sobresaliente, y que no dejan nada que añadir a los que han tratado después esta materia. Dispuestos en forma de diálogo, nos ponen delante las graves razones y fundamentos que tuvo el santo para huir de la dignidad episcopal; y registra la perfección altísima que pide el estado sacerdotal, y el gravísimo peso, que ponen sobre sus hombros, los que se encargan del gobierno de las almas. Un día su gran amigo Basilio le visitó y le comunicó que querían hacerles obispos. Ellos se oponían. Llegado al día de la consagración. Sólo encontraron a Basilio. Juan había huido al desierto. Allí escribió diálogo sobre el sacerdocio. Distribuía su tiempo entre el estudio y la oración. Pero su voz, sublime no podía apagarse en el desierto. El patriarca Flaviano lo reclamó y volvió a la ciudad. Sacerdote y ayudante de su obispo, se entrega al ministerio de la palabra, y se convierte en Juan Crisóstomo, el de la boca de oro. Predica a todas horas, ataca los vicios, exhorta, aconseja, deslumbra con su palabra.
LOS DISCURSOS SOBRE LAS ESTATUAS
Estos discursos son un monumento de oratoria como no hay otro igual en toda la Antigüedad. Fueron veinte discursos que publicó en un momento delicado. El pueblo se amotinó contra el emperador Teodosio. Teodosio pensaba castigarles duramente. El Crisóstomo serenó los ánimos.
El año 397 es nombrado patriarca de Constantinopla. Seguirá predicando contra las injusticias de la corte y de los poderosos, lo mismo ahora en el Bósforo que antes en el Orontes. Los vicios se encontraban con la protesta de su palabra, como un día harán Hildebrando y Tomás Becket. Ante la debilidad del emperador Arcadio, se alzaba con todo el poder el ambicioso Eutropio, convertido en cónsul. El que se le oponía era eliminado, como el cónsul Primasio y su hijo. Quiso eliminar también a la viuda, que invocó el derecho de asilo en la iglesia. Eutropio la reclamó, pero se encontró frente a frente con el patriarca y tuvo que retroceder. Cambiaron las cosas. El que había abolido el derecho de asilo cayó en desgracia. La multitud quería asesinarlo. Acude al derecho de asilo. Y ahora es Juan el que sale en su defensa, les calma y consigue el perdón. La corte tornadiza, que tanto debía al Crisóstomo, ahora se vuelve contra él, por dar gusto a los resentidos y por agradar al patriarca de Alejandría, rival de Constantinopla. Juan no se asusta. No me importa la muerte, grita. Mi vida es Cristo y una ganancia el morir. Fue desterrado. Un temblor de tierra asustó a la supersticiosa emperatriz Eudosia, considerado como un signo de la cólera divina. Le llaman y vuelve. El Bósforo se iluminó para recibirle. Juan se pone en manos de Dios. Otra vez es desterrado a la frontera de Armenia, por censurar los lujos y frivolidad de la emperatriz. Sigue predicando en el destierro. Mantiene correspondencia con todas las Iglesias del orbe. Al Papa Inocencio I le dice que su afecto hacia él le consuela de todos los sufrimientos.
Muchos amigos he tenido sencillos, y verdaderos, que entendieron, y guardan escrupulosamente las leyes de la amistad; pero uno entre estos muchos ha sido, el que señalándose en amarme, ha procurado dejarlos tan atrás, como estos dejaron a los que sólo tenían conmigo una vulgar correspondencia. Era éste uno de aquéllos, que jamás se apartó de mi lado; porque habiéndose aplicado a unos mismos estudios, y tenido unos mismos maestros, era siempre una nuestra inclinación, y cuidado en las ciencias a que nos aplicábamos, y no diferente el deseo de ambos, porque procedía de unos mismos principios. Ni duró esto sólo aquel tiempo que frecuentábamos las escuelas; continuó también, cuando habiéndolas dejado, fue necesario deliberar sobre el estado más conveniente de vida que debíamos abrazar; aun en este lance fueron muy conformes nuestros sentimientos.
Fuera de éstas, había otras muchas causas, por las que se conservaba entre nosotros invariable, y constante esta uniformidad. Ninguno de los dos podía vanagloriarse sobre el otro por la nobleza de su patria; ni a mí me sobraban conveniencias, ni él se veía acosado de una extremada pobreza; sino que a la proporción de nuestros haberes correspondía la uniformidad de nuestras voluntades; era igualmente honrada nuestra familia. Finalmente, no había cosa que no conspirase a formar la unión estrecha de nuestros ánimos.
Pero cuando llegó el tiempo de que aquel hombre feliz abrazase el instituto monástico, y siguiese la verdadera filosofía; ya desde entonces quedaron desiguales nuestros pesos: su balanza se levantaba en alto, al paso que yo, enredado en los deseos del siglo, hacia bajar la mía, y la violentaba a que quedase oprimida, cargándola de pensamientos juveniles. Aun entonces permanecía entre nosotros, del mismo modo que antes, una firme y constante amistad; pero debía interrumpirse nuestro trato. ¿Cómo era posible que pudiésemos mantenerlo continuo, siendo nuestras ocupaciones tan diversas?
Pero luego que comencé yo también, poco a poco, a sacar la cabeza de entre las tempestades de la vida, me recibió en esta ocasión con los brazos abiertos; pero ni aun así pudimos conservar nuestra primera igualdad: porque habiéndome prevenido en el tiempo, y manifestado un ardor de ánimo increíble, se levantaba todavía sobre mí, llegando a tocar un punto de elevación muy grande.
Sin embargo, siendo él de una índole muy buena, y haciendo gran aprecio de mi amistad, abandonó la compañía de todos los otros, por pasar en la mía todo el tiempo. Esto es lo que ya mucho tiempo antes vivamente había deseado, pero por mi desidia, como dije, habían quedado burlados sus deseos. ¿Cómo podía yo, asistiendo continuamente a los tribunales, y andando a caza de diversiones en el teatro, tener gusto en conversar familiarmente con aquél, cuyo pensamiento estaba fijo sobre los libros, y que no se dejaba ver jamás en público? De aquí es, que habiendo estado hasta entonces separados, luego que me admitió al mismo género, y método de vida, sin perder un instante de tiempo, me descubrió aquel deseo, que muy anticipadamente había concebido: y no apartándose de mi lado ni una brevísima parte del día, me exhortaba sin cesar, a que dejando cada uno su casa particular, eligiésemos una habitación común. Llegó a persuadirme, y quedamos determinados a hacerlo.
LA OPOSICION CARÑOSA DE SU MADRE
Pero los continuos halagos de mi madre, fueron causa de que yo no le concediese esta gracia; mejor diré, que no recibiese de él este beneficio. Luego que ésta llegó a entender el camino que yo quería tomar, asiéndome de la mano, me introdujo en un cuarto retirado de la casa, y haciéndome sentar junto a la cama, en donde me había dado a luz, prorrumpió en un mar de lágrimas, y añadiendo palabras, que movían más que su llanto, comenzó a lamentarse de esta suerte: «Hijo mío, dijo, no me fue permitido disfrutar largamente las virtudes de tu padre, porque Dios así lo dispuso; a los dolores que yo tuve cuando te di a luz, sucedió su muerte, dejándote a ti huérfano y a mí viuda antes de tiempo y entre los males y trabajos de una viudez, que sólo pueden comprender las que los han experimentado.
JUSTIFICA A SU MADRE
¿Qué palabras pueden bastar para explicar aquella tempestad, y turbación que sufre una mujer joven, cuando apenas salida de la casa de su padre, y sin experiencia alguna de las cosas, repentinamente se halla en medio de un dolor insoportable, y se ve obligada a entrar en pensamientos superiores a su sexo, y a su edad? Porque debe, según yo pienso, atender a corregir el descuido de los domésticos, observando sus malos procederes, haciendo frente a las asechanzas de los parientes, y soportando con generosidad de ánimo las molestias de aquéllos que administran los intereses del público, y su dureza en exigir los tributos. Y si el que ha muerto deja sucesión, si es femenina, aun así, deja un cuidado no pequeño a la madre; pero libre de gasto, y de temores: más si es varonil, cada día la aumenta nuevos sobresaltos, y mayores cuidados. Deja a un lado el consumo de dinero que se necesita hacer, si desea que tenga una educación correspondiente a su estado. Con todo, ninguna de estas cosas han podido inducirme a que yo abrazase un segundo matrimonio, y que introdujese otro esposo en la casa de tu padre; sino que he permanecido en esta tempestad, y torbellino, y no he rehusado el trabajoso ardor de la viudez, asistida principalmente de la gracia del Señor. Ni contribuyó poco para esto el gran consuelo que recibía, viendo continuamente tu semblante, en donde registraba vivamente copiada la imagen de tu difunto padre. De aquí es, que siendo tú niño, y que no sabías aun articular las palabras, que es cuando más gusto reciben los padres de los hijos, yo tenía en ti un grandísimo consuelo.
Ni tú podrás decirme, o culparme con verdad, que aunque generosamente haya soportado la viudez, no obstante por las incomodidades de ésta, te he disminuido el patrimonio, como sé que ha sucedido a muchos, que han tenido la desgracia de quedar huérfanos como tú. Pues yo te he conservado intacto todo lo que era tuyo; ni he perdonado a gastos en todo lo que pertenecía a tu decoro, gastando de lo que era mío, y de lo que tenía cuando salí de la casa de mi padre.
Ni te persuadas que te digo esto por sacarte los colores a la cara: solamente te pido por todo esto una gracia; y es, que no me envuelvas en una segunda viudez, despertándome un dolor, que está ya enteramente adormecido; sino que esperes mi muerte, que tal vez ya no tardará. Se puede esperar que los jóvenes lleguen a una larga vejez, pero nosotros, que hemos comenzado ya a envejecer, solo podemos esperar la muerte. Luego que me hayas enterrado, y puesto mis huesos junto a los de tu padre, puedes emprender largas peregrinaciones; entra en el mar que quisieres, pues no tendrás alguno que te lo impida; pero mientras que yo respiro, sufre el vivir en mi compañía. No quieras temerariamente, y sin consejo ofender a Dios, poniéndome en tan grandes trabajos, sin que de mi parte hayas tenido motivo para ello. Y si tú puedes culparme de que yo te arrastro a los cuidados de la vida, y de que te obligo a atender a tus cosas, niégate enhorabuena a las leyes de la naturaleza, a la educación que te he dado, a la compañía, y a todos los otros motivos: huye de mí, como de un enemigo que te pone asechanzas. Pero si no omito diligencia, para que te sea más fácil, y llevadero el camino de esta vida, ya que no otro respeto, a lo menos este lazo te detenga junto a mí. Pues aunque tú digas ser infinitos aquéllos que te aman; ninguno podrá hacer que goces de una libertad como ésta; porque ninguno hay que estime tu decoro como yo.
Éstas, y otras cosas me dijo mi madre, y yo se las repetí a aquel generoso varón, que no sólo no se movió de semejante discurso, sino que insistió con mayor tesón en su primera resolución e instancia.
EL RUMOR DE LA PROMOCION EPISCOPAL DE JUAN Y BASILIO
Hallándonos, pues, en estos términos, e instándome él continuamente a que condescendiese con sus súplicas, pero sin acabar yo de resolverme, nos confundió un rumor que se esparció por la ciudad de que seríamos promovidos a la dignidad episcopal.
Cuando yo oí semejante voz, quedé sorprendido de temor, y perplejidad: de temor porque no me obligasen a abrazar contra mi voluntad aquel estado; y de perplejidad, porque no acababa de entender cómo pudo venir al pensamiento de aquellos varones el resolver una cosa como ésta de mi persona; pues volviendo a mirar sobre mí mismo, no encontraba en mí cosa que fuese digna de tal honor.
Aquel joven valeroso, vino a buscarme a solas; me dio parte de las voces que corrían y creyendo que yo las ignorase, me rogaba que en esta ocasión, como en todas las antecedentes, se viese que nuestras acciones y deliberaciones eran unas; que él por su parte estaba dispuesto a seguir con prontitud de ánimo, cualquier camino que yo le mostrase; ya conviniese rehusar, ya abrazar aquel estado.
¿COMO PRIVAR A LA IGLESIA DE AQUEL GENEROSO PASTOR?
Viendo, pues, una resolución tan noble, y creyendo que podría causar no pequeño daño a todo el común de la Iglesia, si por mi debilidad privaba al rebaño de Jesucristo de un joven tan bueno y tan útil para el gobierno de los hombres, no le descubrí lo que sentía de estas cosas; aunque hasta entonces, jamás había podido sufrir el ocultarle alguno de mis sentimientos. Y añadiéndole ser muy conveniente dejar para otro tiempo el resolver sobre este negocio, y que confiase, que si llegaba el caso de abrazar aquel estado, yo le acompañaría en la determinación.
CRISOSTOMO SE OCULTO
Pero no pasó mucho tiempo, cuando llegó allí el que nos había de ordenar: yo me oculté, y él fue conducido a recibir el yugo, esperando, por lo que yo le había prometido, que sin dificultad lo seguiría, o que tal vez era él el que me seguía, pues algunos de los que se hallaban presentes,  viéndole inquieto por esta especie de violencia, lo engañaron diciendo que era cosa indigna, que aquél a quien todos tenían por atrevido, hubiese cedido con tanta sumisión al juicio de los Padres; y que él, que era más modesto y prudente, se mostrase soberbio y amigo de vanagloria, rehusando, repugnando, y contradiciendo.
Habiendo cedido a estas razones, luego que supo que yo me había ocultado, fue a buscarme; y entrando en mi cuarto con semblante muy triste, se sienta junto a mí, pero impedido por la angustia, no podía manifestar con las palabras la violencia que padecía; luego que abría los labios la opresión interna le enmudecía.
Pero cuando llegó el tiempo de que aquel hombre feliz abrazase el instituto monástico, y siguiese la verdadera filosofía; ya desde entonces quedaron desiguales nuestros pesos: su balanza se levantaba en alto, al paso que yo, enredado en los deseos del siglo, hacia bajar la mía, y la violentaba a que quedase oprimida, cargándola de pensamientos juveniles. Aun entonces permanecía entre nosotros, del mismo modo que antes, una firme y constante amistad; pero debía interrumpirse nuestro trato. ¿Cómo era posible que pudiésemos mantenerlo continuo, siendo nuestras ocupaciones tan diversas?
EN LA PAZ
Cuando iba a ser trasladado a la costa oriental del Mar Negro, al pie del Cáucaso, al llegar a una ermita de Comano, enfermó y agotado expiró. Ha sido llamado el teólogo de la Eucaristía y el mejor intérprete de San Pablo. Sus restos reposaron en Constantinopla. Actualmente se hallan en Roma, en la basílica de San Pedro del Vaticano.
 Autor: JESUS MARTI BALLESTER

miércoles, 28 de agosto de 2013

SAN AGUSTÍN




San Agustín


Tarde te amé, belleza infinita tarde te amé,
Tarde te ame belleza siempre antigua y siempre nueva!

Y supe, Señor que estabas en mi alma y yo estaba fuera, así te buscaba mirando la belleza de lo creado.

¡Tarde te amé belleza infinita, tarde te ame, tarde te ame, belleza siempre antigua y siempre nueva!.
Señor tu me llamaste, tu voz a mi llegó, curando mi sordera con tu luz brillaste cambiando mi ceguera en un resplandor,
¡Tarde te amé belleza infinita,
tarde te ame, tarde te ame, belleza siempre antigua y siempre nueva!.

Tu estabas conmigo, mas yo buscaba fuera y no te encontraba, era un prisionero de tus criaturas, lejos de Ti.
¡Tarde te amé belleza infinita, tarde te ame, tarde te ame, belleza siempre antigua y siempre nueva!.
 Hasta mí, ha llegado el aroma de tu gracia, por fin respiré, Señor yo te he buscado, siento hambre y sed, ansío tu paz.
¡Tarde te amé belleza infinita, tarde te ame, tarde te ame, belleza siempre antigua y siempre nueva!.
 


domingo, 11 de agosto de 2013

SANTA CLARA DE ASÍS






Vida de Santa Clara de Asís
Nacida en Asís el 16 de julio de 1194; fallecida en la misma localidad el 11 de agosto de 1253. Era la hija mayor de Favorino Scifi, conde de Sasso-Rosso, representante acaudalado de una antigua familia romana, a quien pertenecía un gran palacio en Asís y un castillo en las faldas del monte Subasio. Eso es, al menos, lo que cuenta la tradición. Su madre, Beata Ortolana, pertenecía a la noble familia de los Fiumi y destacaba por su celo y piedad. Desde sus primeros años Clara parecía dotada con las más raras virtudes. Ya de niña era muy aficionada a la oración y a la práctica de la mortificación, y cuando alcanzó la adolescencia su repugnancia por el mundo y su ansia de una vida más espiritual se incrementaron. Cuando Clara tenía dieciocho años, San Francisco acudió a la iglesia de San Giorgio de Asís para predicar durante la cuaresma. Las palabras inspiradas del Poverello encendieron una llama en el corazón de Clara. Fue a buscarle en secreto y le suplicó que la ayudara a vivir también "según el modo del Santo Evangelio". San Francisco, que enseguida reconoció en Clara una de esas almas escogidas destinadas por Dios para grandes cosas, y que indudablemente previó también que otras muchas podrían seguir su ejemplo, prometió ayudarla.
El Domingo de Ramos, Clara, engalanada, asistió a Misa Mayor en la catedral, pero cuando los demás se acercaron hacia el pretil del altar para recoger un ramo de palma, ella permaneció ensimismada en su sitio. Todos los ojos se posaron sobre la joven. Entonces, el obispo descendió del altar y le colocó la palma en su mano. Esta fue la última vez que el mundo contempló a Clara. Aquella misma noche abandonó secretamente la casa de su padre por consejo de San Francisco y, acompañada por su tía Bianca, se dirigió a la humilde capilla de la Porciúncula, donde San Francisco, tras cortarle el cabello, la vistió con una basta túnica y un grueso velo. De esta forma, la joven hizo voto de servicio a Jesucristo. Era el 20 de marzo de 1212.
Clara fue instalada provisionalmente por San Francisco con las monjas benedictinas de San Paolo, cerca de Bastia, pero su padre, que esperaba para ella un espléndido matrimonio, y que estaba furioso por su huida secreta, hizo lo posible, al descubrir su retiro, para disuadirla de su proyecto, e incluso trató de llevarla a casa por la fuerza. Pero Clara se sostuvo con una firmeza por encima de la propia de su edad, y el conde Favorino se vio finalmente obligado a dejarla. Pocos días más tarde San Francisco, con el fin de proporcionar a Clara la gran soledad que deseaba, la transfirió a Sant'Angelo in Panzo, otro monasterio de benedictinas en una de las faldas del monte Subasio. Aquí, a los dieciséis días de su huida, se le unió su hermana Inés (Santa Inés de Asís), de la que fue instrumento de liberación frente a la persecución de sus furiosos familiares. Clara y su hermana permanecieron con las monjas de Sant'Angelo hasta que junto con otras fugitivas del mundo fueron establecidas por San Francisco en un tosco alojamiento adyacente a la pobre capilla de San Damián, situada fuera de los muros de la ciudad, construido en gran parte por sus propias manos, y que había obtenido de las Benedictinas como morada permanente para sus hijas espirituales. De este modo fue fundada la primera comunidad de la Orden de las Damas Pobres, o Clarisas, como llegó a ser conocida esta segunda orden de San Francisco.
Al principio, Santa Clara y sus compañeras no tenían regla escrita que seguir salvo una corta formula vitae dada por San Francisco, y que puede encontrarse entre sus trabajos. Algunos años más tarde, aparentemente en 1219, durante el viaje de San Francisco a Próximo Oriente, el Cardenal Ugolino, protector en aquella época de la orden, y posteriormente Gregorio IX, esbozó una regla escrita para las Clarisas de Monticelli, tomando como base la Regla de San Benito, manteniendo sus puntos fundamentales y añadiendo algunas constituciones especiales. Esta nueva regla que, en efecto si no en intención, eliminaba de las Clarisas la característica franciscana de la absoluta pobreza tan querida para el corazón de San Francisco, e hizo de ellas, a efectos prácticos, una congregación de Benedictinas, fue aprobada por Honorio III (Bula "Sacrosanta", 9 de diciembre de 1219). Cuando Clara supo que la nueva orden, tan estricta en otros aspectos, permitía la tenencia de propiedades en común, se opuso con valentía y éxito a las innovaciones de Ugolino, por ser completamente opuestas a las intenciones de San Francisco. Éste había prohibido a las Damas Pobres, como lo había hecho a sus frailes, la posesión de cualquier bien terreno, incluso en común. Al no poseer nada, dependían enteramente de lo que los frailes menores pudieran pedir por ellas. Esta completa renuncia a toda propiedad fue, sin embargo, considerada por Ugulino inviable para mujeres enclaustradas. Por tanto, cuando en 1228 fue a Asís para la canonización de San Francisco (habiendo mientras tanto ascendido al trono pontificio como Gregorio IX), visitó a Santa Clara en San Damiano, y la presionó tratando de desviarla de la práctica de la pobreza que había guardado hasta ese momento en San Damiano y hacerle aceptar algunos bienes para cubrir las necesidades imprevistas de la comunidad. Pero Clara rehusó firmemente. Gregorio, creyendo que su renuncia podía deberse al miedo a violar el voto de absoluta pobreza que había hecho, ofreció absolverla de él. "Santo padre, yo anhelo la absolución de mis pecados", contestó Clara, "pero no deseo ser absuelta de mi obligación de seguir a Jesucristo".
El heroico desprendimiento de Clara llenó al papa de admiración, como muestra con testimonio elocuente la carta, aún existente, que le escribió, hasta el punto de otorgarle el 17 de septiembre de 1228 el célebre Privilegium Paupertis, con algunas consideraciones relativas a la corrección de la regla de 1219. La copia original autógrafa de este privilegio - el primero de este tipo solicitado, u otorgado por la Santa Sede - se conserva en el archivo de Santa Clara de Asís. El texto es el siguiente: Gregorio Obispo Servidor de los Servidores de Dios. A nuestra querida hija en Cristo Clara y a otras criadas de Cristo que habitan juntas en la Iglesia de San Damiano de la Diócesis de Asís. Salud y Bendición Apostólica. Es evidente que el deseo de consagraros únicamente a Dios os ha guiado a abandonar todo deseo de cosas temporales. Por lo cual, después de haber vendido todos vuestros bienes y haberlos distribuido entre los pobres, os propusisteis no tener ninguna posesión, pues el brazo izquierdo de vuestro Celestial Esposo está sobre vuestra cabeza para sostener la debilidad de vuestro cuerpo, el cual, de acuerdo con la orden de la caridad, habéis sujetado a la ley del espíritu. Finalmente, Él que alimenta a las aves y da a los lirios del campo sus galas y su sustento, no os dejara en necesidad de vestido o de alimento hasta que venga Él mismo a atenderos en la eternidad cuando, a saber, la mano derecha de Su consolación os abrace en la plenitud de su Beatífica Visión. Desde que, por lo tanto, pedisteis por ello, Nos confirmamos como favor apostólico vuestra resolución de la más noble pobreza y por la autoridad de estas presentes cartas concedemos que no podáis ser obligadas por nadie a recibir posesiones. A nadie, por tanto, le está permitido violar esta nuestra concesión u oponerse a ella con imprudente temeridad. Pero si alguien pretende atentar contra ella, hágasele saber que incurrirá en la ira de Dios Todopoderoso y de sus Bienaventurados Apóstoles, Pedro y Pablo. Dada en Perusa a los quince días de las calendas de octubre en el segundo año de nuestro pontificado.
No es improbable que Santa Clara hubiera solicitado un privilegio como el anterior en una fecha más temprana, y que lo hubiera obtenido de viva voz. Es cierto que tras la muerte de Gregorio IX, Clara tuvo que luchar una vez más por el principio de absoluta pobreza prescrito por San Francisco, pues Inocencio IV habría querido dar a las Clarisas una regla nueva y mitigada. Pero la firmeza con que ella se sostuvo venció al papa. Finalmente, dos días antes de la muerte de Clara, Inocente, no vacilando ante la reiterada petición de la abadesa moribunda, confirmó solemnemente la definitiva Regla de las Clarisas (Bula "Solet Annuere", 9 de agosto de 1253), y de este modo les aseguró el precioso tesoro de la pobreza que Clara, a imitación de San Francisco, había tomado desde el momento de su conversión. El autor de esta última regla, que es en gran parte una adaptación mutatis mutandis de la regla que San Francisco había redactado para sus Frailes Menores en 1223, parece haber sido el cardenal Rainaldo, obispo de Ostia, y protector de la orden, posteriormente Alejandro IV, aunque es muy probable que la misma Santa Clara echara una mano para su compilación. Vistas así las cosas, no puede mantenerse por más tiempo que San Francisco fuera en ningún sentido el autor de esta regla formal de las Clarisas; él únicamente dio a Santa Clara como principio de su vida religiosa la breve formula vivendi ya mencionada.
Santa Clara, que en 1215 había sido hecha superiora de San Damiano por San Francisco, en gran parte contra sus deseos, continuó gobernando allí como abadesa hasta su muerte en 1253, casi cuarenta años más tarde. No hay buenas razones para creer que hubiera atravesado alguna vez los muros de San Damiano durante todo este tiempo. No hay por tanto que maravillarse de que hayan llegado hasta nosotros comparativamente tan pocos detalles de la vida de Santa Clara en el claustro "oculta con Cristo en Dios". Sabemos que llegó a ser una réplica viva de la pobreza, la humildad y la mortificación de San Francisco. Tenía una especial devoción hacia la Sagrada Eucaristía, y con el fin de incrementar su amor a Cristo crucificado aprendió de corazón el Oficio de la Pasión compuesto por San Francisco, y durante el tiempo que le dejaban sus ejercicios devocionales se dedicaba a labores manuales. Es innecesario añadir que durante la guía de Santa Clara, la comunidad de San Damiano se convirtió en el santuario de la virtud, un auténtico vivero de santas. Clara tuvo el consuelo no sólo de ver a su hermana menor Beatriz, a su madre Ortolana y a su devota tía Bianca siguiendo a su hermana Inés e ingresando en la orden, sino también de ser testigo de la fundación de conventos de Clarisas a lo largo y ancho de Europa. Sería difícil, sin embargo, estimar cuánto hizo la silenciosa influencia de la abadesa para guiar a las mujeres medievales hacia metas más altas. En particular, Clara esparció en torno a su pobreza ese encanto irresistible que sólo las mujeres pueden comunicar de heroísmo civil o religioso, y llegó a ser la más eficaz ayudante de San Francisco en promover ese espíritu de desprendimiento que según los consejos de Dios "produjo una restauración de la disciplina de la Iglesia y de la moral y civilización en Europa Occidental". Sin duda no fue la parte menos importante de la obra de Clara la ayuda y el ánimo que dio a San Francisco. En una ocasión en la que éste creía que su vocación descansaba en una vida contemplativa, se revolvió a ella con sus dudas, y Clara le urgió para que continuara con su misión a la gente. Cuando en un ataque de ceguera y enfermedad San Francisco fue por última vez a visitar San Damiano, Clara erigió para él una pequeña choza en un olivar próximo al convento, y allí fue donde compuso su glorioso "Cántico de las Criaturas". Tras la muerte de San Francisco, la procesión que acompañaba sus restos desde la Porciúncula hasta la ciudad pararon en San Damiano para que Clara y sus hermanas pudieran venerar los pies y manos perforados de quien las había transformado al amor de Cristo crucificado- una escena llena de patetismo que Giotto conmemoró en uno de sus mejores frescos. Sin embargo, en lo concerniente a Clara, San Francisco siempre estuvo vivo, y nada hay, tal vez, más llamativo en su vida posterior que su inquebrantable lealtad a los ideales del Poverello, y el celoso cuidado con el cual se agarró a su regla y a su enseñanza.
Cuando, en 1234, el ejército de Federico II estaba devastando el valle de Espoleto, los soldados, preparándose para el asalto de Asís, escalaron los muros de San Damiano de noche esparciendo el terror entre la comunidad. Clara se levantó tranquilamente de su lecho de enferma, y cogiendo el ciborio de la pequeña capilla aneja a su celda, hizo frente a los invasores, que ya habían apoyado una escalera en una ventana abierta. Se cuenta que, conforme ella iba alzando en alto el Santísimo Sacramento, los soldados que iban a entrar cayeron de espaldas como deslumbrados, y los otros que estaban listos para seguirles iniciaron la huida. Debido a este incidente, Santa Clara es generalmente representada portando un ciborio.
Cuando, algún tiempo más tarde, una fuerza mayor, conducida por el general Vitale di Aversa, que no había estado presente en el primer ataque, volvió para asaltar Asís, Clara, junto con sus hermanas, se arrodilló en la más sincera oración para que la ciudad pudiera ser salvada. Al poco se desencadenó una furiosa tormenta, que desparramó las tiendas de los soldados en todas las direcciones, y causó tal pánico que volvieron a tomar refugio en la huida. La gratitud de los habitantes de Asís, que de común acuerdo atribuyeron su liberación a la intercesión de Clara, aumentó su amor hacia la Madre Seráfica. Hacía ya tiempo que Clara había sido recogida en los corazones del pueblo, y su veneración hacia ella se hizo más manifiesta cuando, desgastada por la enfermedad y las austeridades, se dirigía a su fin. Valiente y alegre hasta el final, a pesar de sus largas y dolorosas enfermedades, Clara hizo que la levantaran en la cama y, así reclinada, dice su biógrafo contemporáneo, "hiló las más finas hebras con el propósito de tenerlas tejidas en el más delicado material, con el cual hizo después más de un centenar de corporales, y, guardándolas en una bolsa de seda, ordenó que se repartieran entre las iglesias de los campos y montes de Asís". Cuando finalmente sintió que el día de su muerte se acercaba, Clara, llamando a sus afligidas religiosas en su torno, les recordó los muchos beneficios que habían recibido de Dios y las exhortó a que perseveraran llenas de fe en la observancia de la pobreza evangélica. El papa Inocente IV vino desde Perusa para visitar a la santa moribunda, que ya había recibido los últimos sacramentos de manos del cardenal Rainaldo. Su propia hermana, Santa Inés, retornó de Florencia para consolarla en su última enfermedad; León, Ángel y Junípero, tres de los primeros compañeros de San Francisco, estuvieron también presentes en el lecho mortal, y Santa Clara les pidió que leyeran en voz alta la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo según San Juan, como habían hecho treinta y siete años antes, cuando Francisco estaba tendido moribundo en la Porciúncula. Finalmente, antes del amanecer del 11 de agosto de 1253, la santa fundadora de las Damas Pobres falleció en paz entre escenas que su biógrafo contemporáneo registró con conmovedora sencillez. El papa, con su corte, fue a San Damiano para el funeral de la santa, que tomó casi la naturaleza de una procesión triunfal.
Las Clarisas deseaban retener el cuerpo de su fundadora con ellas en San Damiano, pero los magistrados de Asís interfirieron y tomaron medidas con el fin de asegurar para la ciudad los venerados restos de quien, como ellos creían, por dos veces la había salvado de la destrucción. Los milagros de Clara se habían contado por doquier. No era seguro, según los ciudadanos de Asís, dejar el cuerpo de Clara en un lugar solitario fuera de las murallas; era justo, además, que Clara "el principal rival del beato Francisco en la observancia de la perfección del Evangelio" tuviera también una iglesia construida en su honor en Asís. Mientras tanto, los restos de Clara fueron depositados en la capilla de San Giorgio, donde la predicación de San Francisco había tocado por primera vez su joven corazón, y donde su propio cuerpo había igualmente sido colocado mientras se elevaba la Basílica de San Francesco.
Dos años más tarde, el 26 de septiembre de 1255, Clara fue solemnemente canonizada por Alejandro IV, y no mucho más tarde la construcción de la iglesia de Santa Clara, en honor del segundo gran santo de Asís, fue comenzada bajo la dirección de Filippo Campello, uno de los principales arquitectos de su tiempo. El 3 de octubre de 1260, los restos de Clara fueron transferidos desde la capilla de San Giorgio y enterrados profundamente en la tierra, bajo el altar mayor de la nueva iglesia, lejos de la vista y del alcance de nadie. Tras haber permanecido ocultos durante seis siglos- al igual que los restos de San Francisco- y después de que se hubieran realizado muchas búsquedas, la tumba de Clara fue localizada en 1850, para gran alegría de los habitantes de la ciudad. El 23 de septiembre de ese año el ataúd fue desenterrado y abierto; la carne y ropas de la santa se habían reducido a polvo, pero el esqueleto estaba en perfecto estado de conservación. Finalmente, el 29 de septiembre de 1872, los huesos de la santa fueron transferidos, con mucha pompa, por el arzobispo Pecci, posteriormente León XIII, al sepulcro erigido en la cripta de Santa Chiara para recibirlos, y donde ahora se pueden contemplar.
La fiesta de Santa Clara es celebrada en toda la Iglesia el 11 de agosto; la fiesta de su primer traslado se mantiene en la orden el 3 de octubre, y la del hallazgo de su cuerpo el 23 de septiembre.
Las fuentes de la historia de Santa Clara a nuestra disposición son pocas en número. Ellas incluyen (1) un Testamento atribuido a la santa y algunas encantadoras Cartas escritas a ella por la Beata Inés, Princesa de Bohemia; (2) la Regla de las Clarisas, y un cierto número de tempranas Bulas Pontificias relativas a la Orden; (3) una Biografía contemporánea, escrita en 1256 por orden de Alejandro IV. Esta vida, que actualmente es generalmente atribuida Tomás de Celano, es la fuente de la cual los siguientes biógrafos de Santa Clara han obtenido la mayor parte de sus informaciones.
PASCHAL ROBINSON Trascrito por Rick McCarty Traducido por Juan Carlos López Almansa Extraído y corregido de la Enciclopedia Católica

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