TODOS LOS SANTOS

lunes, 3 de noviembre de 2008

SAN MARTÍN DE PORRES


San Martín de Porres es un santo peruano que nace y muere en Lima (1579-1639), pero que se ha convertido en un santo universal. Cuando Juan XXIII le canonizó el 6 de mayo de 1962, en la plaza de San Pedro, repleta de gente de todo color y de toda nacionalidad, etnia y cultura, podía escucharse este clamor unánime: "Nuestro Fray Martín ha sido canonizado".
Dos años antes, Juan XXIII, al tiempo que prometía la canonización del beato Martín, decía a un numeroso grupo de peregrinos peruanos: "Es un santo no para una nación sino para el mundo entero". Y el mismo Papa añadía: "Yo también le tengo mucha devoción. Todos los días le rezo la oración escrita detrás de una estampa que guardo en mi breviario".
San Martín hubo de sufrir el trato discriminatorio por su condición de mulato, de hijo natural y pobre. De un natural sensible y bondadoso, y movido por su amor a Jesucristo crucificado, estuvo dominado por la compasión hacia todos los que sufrían: enfermos, pobres, abandonados y marginados. Los más conmovedores testimonios sobre su caridad (Juan XXIII le llamaba "el santo de la caridad") proceden de los testigos del proceso diocesano de beatificación, iniciado al poco de morir.

Mientras vivió aquí en la tierra, practicó incansablemente las obras de misericordia, de cuyos beneficios nadie queda excluido: negros, indios y europeos, mulatos y crollos, libres y encarcelados, inocentes y delincuentes, ricos y pobres. Después de la muerte de San Martín, su culto se ha convertido en un instrumento providencial para unir en la fe en Jesucristo y en el amor de Dios a todo tipo de razas y culturas. San Martín se ha convertido en el patrón especial de los enfermos y en el protector de los pobres, de los marginados y de los que sufren cualquier sufrimiento o necesidad de orden físico o espiritual.
San Martín de Porres sigue siendo en el cielo tan compasivo y misericordioso como en la tierra.




Oh San Martín, hermano mío, atiéndeme!
En mis penas y tribulaciones, consuélame.
En mis peligros y adversidades, socórreme.
En mis flaquezas y tentaciones, protégeme.
En mis dolencias y enfermedades, socórreme.
Dame la salud, si me conviene; y líbrame
de cualquier mal del alma o cuerpo. Amén.


Oh benigno y compasivo hermano mío, óyeme!
En las angustias de mi pobreza, confórtame.
En los quebrantos de mi infortunio, sálvame.
En mis agobios y desalientos, ampárame.
Ahora y siempre con tu ejemplo, enséñame
a tomar cada día mi cruz; y alcánzame
la gracia divina y la gloria del cielo. Amén.



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