TODOS LOS SANTOS

sábado, 19 de julio de 2008

MADRE TERESA DEL SAGRADO CORAZÓN

Le ruego a la Madre Teresa del Sagrado Corazón.
Qué interceda por mi ante El Sagrado Corazón de Jesús.
que me santifique a través de la comunión de cada día. Pedírselo Madre Teresa, y por mis hijos y nieto, y a la Santísima Virgen: que no deje de acompañarme todos los días. Y también a mi Ángel de la Guarda, que siempre lo tengo presente, quiero qué llegue a estar orgulloso de mí, a pesar de mi miseria, deseo que presente buenas Obras para el Señor Misericordioso, que tanto venero.



113 aniversario de la toma de hábito de Madre Teresa del Sagrado Corazón en la nunciatura de París

13/06/18905-13/06/2008

Grande, extraordinaria, aparece en la historia de la Iglesia la figura de aquella mujer llamada Rosa Mercedes de Castañeda y Coello, más conocida por el nombre de Madre Teresa del Sagrado Corazón.
No escribimos ahora de su espiritualidad como Fundadora de las Religiosas Reparadoras del Sagrado Corazón, ni de su admirable apostolado que cristalizó en las dos dimensiones de su existencia: acción y contemplación. Nos referimos a un tema que pueda parecer prosaico y de poca actualidad: el hábito que llevó como signo de su consagración y que legó, como distintivo, a sus hijas.
Rosa Mercedes, nacida en el seno de una noble familia entroncada con los ilustres linajes de Castilla y Portugal, mostró siempre un aspecto alegre, elegante en la sencillez, digno en la apariencia externa, que se manifestaba en el vestido, a tono con la propia familia y la moda femenina de su época.

Sin embargo, a los doce años, afectada por la llamada “fiebre amarilla”, llegó al dintel de una muerte próxima, de la que se libró por intercesión de Nuestra Señora, a la que su madre invocó bajo el título del Carmen, sugiriendo a la adolescente vestir como gratitud el hábito Carmelitano. Así se hizo, recibiéndolo de manos de padre Pedro Gual, director espiritual de la familia.

“Sed, hija mía, mortificada como santa Rosa de Lima, amante de Jesús como santa Teresa, humilde y recogida como santa Clara”.
Aquel sencillo hábito marca un punto de arranque en la vida de Rosa Mercedes. “El hábito no hace al monje, pero ayuda a serlo”, dice un adagio castellano. Allí comenzó el sendero de su entrega sin condiciones al Señor.


La vida de Madre Teresa está, por disposición divina, jalonada de sucesivas tomas de hábito. Primero la estameña tosca y pobre de las Clarisas Capuchinas, en Lima, año 1878. Más tarde, en el Noviciado de la Sagrada familia, en París 31 de mayo de 1881. Finalmente de modo definitivo, el hábito de la nueva fundación de las Reparadoras que le impone monseñor Ferrata en 1895.

Vedla arrodillada en adoración ante la Custodia Eucarística, revestida con el santo hábito que luego será familiar en todas las casas de la Congregación. Es una fotocopia ampliamente difundida. “Me despojé de todo…; ¡las modas son extravagantes! escribió en su diario espiritual. Madre Teresa va a ser reconocida, en adelante, según este diseño: Una túnica negra con mangas largas, un escapulario que baja casi hasta debajo de la túnica y, sobre él, un escudo bordado con la imagen del Corazón a la altura del pecho. Pende a la derecha de la cintura el cordón de san Francisco de Asís, a la izquierda un rosario, un crucifijo cogido a la cintura del cordón y una cruz colgada del cuello con un cordoncito. Completa el atuendo un largo velo negro y una toca o cofia blanca encañonada.

Así vestirán sus hijas durante mucho tiempo. Hasta que por voluntad de Madre Teresa del Sagrado Corazón el Instituto Reparador es agregado a la Orden Agustiniana, en 1931; cambia el cordón blanco por una correa negra.
La reforma última del santo hábito.- Una de las novedades más importantes del Concilio Vaticano II es haber desarrollado la relación de la vida religiosa con el mundo. Estar en el mundo sin ser del mundo. Como la Iglesia, que está en el mundo sin ser de él, su vida no se desarrolla en el espesor temporal del mundo.

De ahí la perpetua y continua tensión de la vida consagrada. En un sentido vive fuera del mundo, en otro sentido tiene que estar en él. En este tema de las relaciones de la vida religiosa con el mundo entra también la modificación de los hábitos.

Ya Pío XII, en 1951, lo había insinuado a las religiosas de enseñanza;

Juan XXIII volvió a señalarlo al convocar el Concilio.

Fue el cardenal Suenens quien destacó la importancia de este asunto, para evitar toda impresión de anacronismo.

Muchas razones prácticas aconsejaban la simplificación: tiempo, higiene, funcionalidad. El tiempo se refería al que se hacía perder para su hechura y conservación. Además la forma de vestir es la expresión sensible del modo de presentarse ante los demás y la condición social de la persona.

Se precisa un signo de consagración. Un hábito sencillo, modesto, austero. Un vestido que con su modestia y sobriedad expresa la condición de una persona consagrada a Dios, al servicio del Reino, al margen de los caprichos y de las veleidades de la moda.


Maravillosamente lo expresaba ya san Agustín en su Regla (Cap V, Nº 30 ) Que el santo hábito del corazón, tenga más interés que el hábito que cubre el cuerpo.


Las Religiosas Reparadoras agradarán siempre a la madre Iglesia, sí, como señalan las actuales Constituciones, Nº 128 mantienen su hábito como signo de consagración y testimonio de pobreza.

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