TODOS LOS SANTOS

viernes, 14 de diciembre de 2007

SAN JUAN DE LA CUZ


Dios, Padre nuestro, que hiciste a tu presbítero san Juan de la Cruz modelo perfecto de negación de sí mismo y de amor a la cruz, ayúdanos a imitar su vida en la tierra para llegar a gozar de tu gloria en el cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.


Nace en Fontiveros (Ávila-España) en 1542. De niño, al quedar huérfano de padre, se gana la vida con servicios varios en un hospital. A 21 años viste el hábito carmelita en Medina, el año 1563. Estudia filosofía y teología en Salamanca y se ordena sacerdote en 1567. El mismo año se encuentra con Teresa de Ávila, la reformadora de las carmelitas, que lo convence a iniciar también él la reforma de los carmelitas, proyecto que le gana persecuciones y la prisión. Humillado y marginado, pero lleno de una alegría que nada ni nadie le puede arrebatar, pasa al gozo eterno el 14 de diciembre de 1591 en /beda, a 49 años. Son célebres sus pensamientos: “En el atardecer de tu vida serás examinado sobre el amor”, “Donde no hay amor, siembra amor y recogerás amor”. Nos ha dejado tres magníficas obras sobre su extraordinaria experiencia mística: Cántico Espiritual, Comentarios al Cántico Espiritual y Subida al Monte Carmelo, La llama de amor viva. Es patrono de los místicos y de los poetas.

San Juan de la Cruz, nos ha dejado una gran síntesis de espiritualidad, ciencia, y de experiencia mística cristiana.

“Gocémonos, Amado,
y vámonos a ver en tu hermosura,
al monte y al collado
do mana el agua pura.
Entremos más adentro en la espesura”

¡Cuán manso y amoroso recuerdas en mi seno,
donde secretamente solo moras! Y en tu aspirar sabroso de bien y gloria lleno ¡cuán delicadamente me enamoras!

San Juan de la Cruz.

martes, 4 de diciembre de 2007

SANTA BÁRBARA VIRGEN Y MARTIR.



Santa Bárbara, mártir

Según la leyenda recibida de Metaphrastes (siglo X), Sta. Bárbara es una joven conversa de los primeros siglos de la era cristiana quién fue encerrada por su padre pagano en su castillo para forzarla a la apostasía. Al no conseguirlo la asesinó y el mismo murió fulminado por un rayo.

Fiesta: 4 de diciembre. El hecho de que no aparezca en el calendario litúrgico pos-Vaticano no significa que la Iglesia la haya descartado. Pero se ha querido dar lugar en la liturgia a otros santos cuyas vidas están mejor documentadas. Según el Misal Romano previo a 1970, su martirio ocurrió en Nicomedia bajo el emperador Maximinus Thrax.

Se le representa con manto rojo, cáliz de la sangre de Cristo, rama de olivo, corona y espada, todos ellos símbolo del martirio.

Es la patrona de la artillería, Armeros, Fundidores, Mineros, Prisioneros, Bomberos, Ejércitos, Pirotécnicos,
arquitectos, albañiles, cavadores de tumbas, fundadores, y protectora contra el rayo, fuego, muerte repentina e impenitencia.

Tristemente, la religión de la Santería la ha tomado como uno de sus dioses lo cual nada tiene que ver con la auténtica veneración a la santa. Ella murió por ser fiel a nuestro Señor Jesucristo y por eso es testimonio para todos.

lunes, 3 de diciembre de 2007

SAN FRANCISCO JAVIER







El 7 de abril de 1506 nació en el Castillo de Javier un niño al que llamaron Francisco. Sus padres eran dos nobles locales, María de Azpilcueta y Juan de Jaso, aunque en el futuro Francisco utilizaría siempre el apellido Javier.

Fue enviado a estudiar Literatura y Filosofía en la Sorbona de París. Hasta entonces, y aún durante algunos años, su mayor ambición era devolver a su familia el honor de antes de la guerra, en la que resultó empobrecida y humillada por la derrota.

Después de ocho años, a punto ya de terminar sus estudios, conoció al que desde entonces sería su mejor amigo, Iñigo de Loyola. Con paciencia, habilidad y muchos ejemplos personales, Iñigo fue mostrando a Francisco lo banal de los bienes materiales, repitiendo una frase del evangelio que terminó por convencerle de lo absurdo de su posición: "¿De qué te sirve ganar todo el mundo, todos los honores y riquezas si luego pierdes tu alma?"

Decidido ya a dedicar su vida a predicar el evangelio, viajó con Iñigo a Roma, donde se presentó ante el Papa Pablo III y fue ordenado sacerdote. Fue uno de los siete primeros religiosos con los que Iñigo, que con el tiempo sería canonizado como San Ignacio de Loyola, fundó la Compañía de Jesús o Comunidad de Padres Jesuitas.

Algún tiempo después, Javier expresaría muy gráficamente las nuevas prioridades de su vida: "¡Qué descanso vivir muriendo cada día, por ir contra nuestro propio querer, buscando no los propios intereses sino los de Jesucristo!"

La vocación misionera de Francisco le llevó primero a Italia y Portugal, para luego embarcar con rumbo a las Indias Orientales en calidad de nuncio del Papa. En La India predica tres años y tres meses, atendiendo una leprosería.

Realizó trece viajes de evangelización por La India, donde obtuvo entre las clases populares un éxito abrumador. Dormía en sus pobres chozas, compartía su arroz y sólo bebía agua. Viajó a Malaca durante seis meses y en varias islas de Las Molucas se detuvo durante un año y medio.

Su único equipaje eran su libro de oraciones y su incansable ánimo para enseñar, curar a enfermos, aprender idiomas extraños y bautizar conversos por millares. Dedicaba las noches a la oración y, si no lograba vencer el sueño, se acostaba unas horas en el suelo, junto al sagrario.

También solía dormir en los hospitales para estar cerca de los enfermos y le gustaba dar catequesis a los niños. Muy lejos ya de sus ambiciones materiales, solía exclamar: "Basta Señor: si me mandas tantos consuelos me vas a hacer morir de amor".

Cuando los enfermos eran demasiados para poder atenderlos a todos, entregaba a los niños su rosario, que llevaba siempre al cuello, y su solo contacto curaba a muchos de ellos de su enfermedad. Estas curaciones milagrosas las atribuía al poder de Dios, y en ningún modo a su propia santidad, que la gente solía atribuirle ya en vida.

Su predicación era constante y tenaz, regresando una y otra vez con diferentes medios hasta conseguir transmitir la fe a las personas a que se dirigía. Todos los que lo conocieron le describieron como una persona muy alegre y optimista, dispuesta a trasmitir a los demás la felicidad que le producía haber sido escogido por Dios para difundir su palabra.

Entonces regresa durante algo más de un año a La India y Malaca, donde conoce a Yajiro, samurai japonés al que bautizará como Paolo de Santa Fe. El le habló de un país en que tenían universidades y la gente se guiaba por la razón.

La isla había sido ya citada por Marco Polo con el nombre de Cipango, y algunos pocos occidentales la habían visitado unos años antes. Acompañado por sus compañeros jesuitas Cosme de Torres y Juan Fernández, embarcó en Cochin para un viaje de cuarenta y dos días a bordo de un junco pirata, enfrentándose a tifones y temporales.


Llegaron a Kagosima el 15 de agosto de 1549. Arropados por la familia de Yajiro y más tarde autorizados por el caudillo Shimazu Takahisa, fueron los primeros difusores del cristianismo entre "la mejor gente hasta ahora descubierta", como los definió Javier, pero con creencias profundamente arraigadas en el budismo y el sintoísmo.

Los propios sacerdotes bonzos del templo Fukushoji mantuvieron con ellos y sus prédicas una actitud benevolente y receptiva, manteniendo intensos debates filosóficos y religiosos. Los problemas entre ambas culturas empezarían tras la partida de Javier, culminando en una persecución y masacre de cristianos que se desarrolló durante siglos. En la actualidad menos del 1 % de la población japonesa es cristiana.

Javier tuvo que vestirse elegantemente y ejercer los títulos de nuncio papal y embajador del rey de Portugal porque los caciques japoneses despreciaban su pobre atuendo de misionero. En Hirado, Yamaguchi y Miyako estará dos años y tres meses, para luego regresar a La India.

Emprendió su último viaje con rumbo a China, país cerrado a los extranjeros pero en el que Javier depositaba grandes esperanzas. Fue abandonado y enfermó en la isla de Sancian, donde soportó estoicamente los sufrimientos de su enfermedad entre oraciones a Jesús y María.

Murió allí mismo el 3 de diciembre de 1552. A su entierro asistieron únicamente un catequista que lo acompañaba, un portugués y dos negros. Ese mismo día, el Cristo de nogal del siglo XIV, que aún se conserva, sudó sangre en la capilla del castillo de Javier.

Fue canonizado por el Papa Gregorio XV en 1622 y Pío X lo nombró Patrono de todos los misioneros. Sus restos, que fueron encontrados incorruptos al realizar su traslado, se conservan en Goa, ciudad portuguesa de la India donde situó su centro de evangelización.

En la carretera a Yesa se sitúa una Exposición Misional que relata las andanzas de San Francisco Javier por medio de paneles y dioramas. Este santo, patrono de la Comunidad Foral de Navarra, está considerado el más representativo de los misioneros cristianos y, en una época de peligros e incógnitas, uno de los primeros viajeros de la historia.

jueves, 29 de noviembre de 2007

SAN ANDRÉS APOSTOL 30 DE NOVIEMBRE.




San Andrés (cuyo nombre significa "varonil") nació en Betsaida, población de Galilea, situada a orillas del lago Genesaret. Era hijo del pescador Jonás y hermano de Simón Pedro. La familia tenía una casa en Cafarnaum, y en ella se hospedaba Jesús cuando predicaba en esta ciudad.

Andrés tiene el honor de haber sido el primer discípulo que tuvo Jesús, junto con San Juan el evangelista. Los dos eran discípulos de Juan Bautista, y este al ver pasar a Jesús (cuando volvía el desierto después de su ayuno y sus tentaciones) exclamó: "He ahí el cordero de Dios". Andrés se emocionó al oír semejante elogio y se fue detrás de Jesús (junto con Juan Evangelista), Jesús se volvió y les dijo: "¿Qué buscan?". Ellos le dijeron: "Señor: ¿dónde vives?". Jesús les respondió: "Venga y verán". Y se fueron y pasaron con Él aquella tarde. Nuca jamás podría olvidar después Andrés el momento y la hora y el sitio donde estaban cuando Jesús les dijo: "Vengan y verán". Esa llamada cambió su vida para siempre.

Andrés se fue luego donde su hermano Simón y le dijo: "Hemos encontrado al Salvador del mundo" y lo llevó a donde Jesús. Así le consiguió a Cristo un formidable amigo, el gran San Pedro.

Al principio Andrés y Simón no iban con Jesús continuamente sino que acudían a escucharle siempre que podían, y luego regresaban a sus labores de pesca. Pero cuando el Salvador volvió a Galilea, encontró a Andrés y a Simón remendando sus redes y les dijo: "Vengan y me siguen", y ellos dejando a sus familias y a sus negocios y a sus redes, se fueron definitivamente con Jesús. Después de la pesca milagrosa, Cristo les dijo: "De ahora en adelante serán pescadores de almas".

El día del milagro de la multiplicación de los panes, fue Andrés el que llevó a Jesús el muchacho que tenía los cinco panes. Andrés presenció la mayoría de los milagros que hizo Jesús y escuchó, uno por uno, sus maravillosos sermones. Vivió junto a Él por tres años.

En el día de Pentecostés, Andrés recibió junto con la Virgen María y los demás Apóstoles, al Espíritu Santo en forma de lenguas de fuego, y en adelante se dedicó a predicar el evangelio con gran valentía y obrando milagros y prodigios.

Un escrito que data del siglo III, el "Fragmento de Muratori" dice: "Al apóstol San Juan le aconsejaban que escribiera el Cuarto Evangelio. Él dudaba, pero le consultó al apóstol San Andrés, el cual le dijo: ‘Debe escribirlo. Y que los hermanos revisen lo que escriba’".

Una tradición muy antigua cuenta que el apóstol Andrés fue crucificado en Patrás, capital de la provincia de Acaya, en Grecia. Que lo amarraron a una cruz en forma de X y que allí estuvo padeciendo durante tres días, los cuales aprovechó para predicar e instruir en la religión a todos los que se le acercaban. Dicen que cuando vio que le llevaban la cruz para martirizarlo, exclamó: "Yo te venero oh cruz santa que me recuerdas la cruz donde murió mi Divino Maestro. Mucho había deseado imitarlo a Él en este martirio. Dichosa hora en que tú al recibirme en tus brazos, me llevarán junto a mi Maestro en el cielo".

La tradición coloca su martirio en el 30 de noviembre del año 63, bajo el imperio cruel de Nerón.

domingo, 28 de octubre de 2007

LA IGLESIA CATÓLICA BEATIFICA A 498 MÁRTIRES ESPAÑOLES ...



POR 498 MÁRTIRES DEL SIGLO XX EN ESPAÑA
LEA ÍNTEGRA LA HOMILÍA DE LA CEREMONIA DE BEATIFICACIÓN


Card. José Saraiva Martins
(Roma, 28 de octubre de 2007)

Eminentísimos Señores Cardenales,
Excelentísimos Señores Obispos y hermanos en el sacerdocio,
Respetables autoridades,
Hermanas y hermanos en Cristo:

1.- Por encargo y delegación del Papa Benedicto XVI, he tenido la dicha de hacer público el documento mediante el cual el Santo Padre proclama beatos a cuatrocientos noventa y ocho mártires que derramaron su sangre por la fe durante la persecución religiosa en España, en los años mil novecientos treinta y cuatro, treinta y seis y treinta y siete. Entre ellos hay obispos, sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles laicos, mujeres y hombres; tres de ellos tenían dieciséis años y el mayor setenta y ocho.

Este grupo tan numeroso de beatos manifestaron hasta el martirio su amor a Jesucristo, su fidelidad a la Iglesia Católica y su intercesión ante Dios por todo el mundo. Antes de morir perdonaron a quienes les perseguían –es más, rezaron por ellos–, como consta en los procesos de beatificación instruidos en las archidiócesis de Barcelona, Burgos, Madrid, Mérida-Badajoz, Oviedo, Sevilla y Toledo; y en la diócesis de Albacete, Ciudad Real, Cuenca, Gerona, Jaén, Málaga y Santander.

El Catecismo de la Iglesia Católica afirma: “El martirio es el supremo testimonio de la verdad de la fe” (a 2473). En efecto, seguir a Jesús, significa seguirlo también en el dolor y aceptar las persecuciones por amor del Evangelio (cf. Mt 24,9-14;Mc.13,9-13; Lc 21,12-19): “Y seréis odiados de todos por causa de mi nombre” (Mc 13,13; cf. Jn 15,21). Cristo nos había anticipado que nuestras vidas estarían vinculadas a su destino.

2.- El logotipo de esta beatificación, de una importancia notable por el gran número de nuevos beatos, tiene como elemento central una cruz de color rojo, símbolo del amor llevado hasta derramar la sangre por Cristo. Acompaña a la cruz una palma estilizada, que intencionalmente se asemeja a unas lenguas de fuego, en la que vemos representada la victoria alcanzada por los mártires con su fe que vence al mundo (cfr. 1 Jn 1, 4), así como también el fuego del Espíritu Santo que se posa sobre los Apóstoles el día de Pentecostés, y asimismo la zarza que arde y no se consume con una llama, en la que Dios se presenta a Moisés en el relato del Éxodo y es expresión de su mismo ser: el Amor que se da y nunca se extingue.

Estos símbolos están enmarcados por una leyenda circular, que recuerda un mapa del mundo: “Beatificación mártires de España”. Dice «mártires de España» y no «mártires españoles», porque España es el lugar donde fueron martirizados, y es también la Patria de gran parte de ellos, pero hay también quienes provenían de otras naciones, concretamente de Francia, México y Cuba. En cualquier caso, los mártires no son patrimonio exclusivo de una diócesis o nación, sino que, por su especial participación en la Cruz de Cristo, Redentor del universo, pertenecen al mundo entero, a la Iglesia universal.

Se ha elegido como lema para esta beatificación unas palabras del Señor recogidas en el Evangelio de San Mateo: «Vosotros sois la luz del mundo» (Mt 5,14). Como declara el Concilio Vaticano II al comienzo de su Constitución sobre la Iglesia, Jesucristo es la luz de las gentes (1); esa luz se refleja a lo largo de los siglos en el rostro de la Iglesia y hoy, de manera especial, resplandece en los mártires cuya memoria estamos celebrando. Jesucristo es la luz del mundo (Jn 1, 5-9), que alumbra nuestras inteligencias para que, conociendo la verdad, vivamos de acuerdo con nuestra dignidad de personas humanas y de hijos de Dios y seamos también nosotros luz del mundo que alumbra a todos los hombres con el testimonio de una vida vivida en plena coherencia con la fe que profesamos.

3.- «He combatido bien mi batalla, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe» (2 Tim 4, 7). Así escribe San Pablo, ya al final de su vida, en el texto de la segunda lectura de este domingo. Con su muerte, estos mártires hicieron realidad las mismas convicciones de San Pablo.

Los mártires no consiguieron la gloria sólo para sí mismos. Su sangre, que empapó la tierra, fue riego que produjo fecundidad y abundancia de frutos. Así lo expresaba, invitándonos a conservar la memoria de los mártires, el Santo Padre Juan Pablo II en uno de sus discursos: «Si se perdiera la memoria de los cristianos que han entregado su vida por confesar la fe, el tiempo presente, con sus proyectos y sus ideales, perdería una de sus características más valiosas, ya que los grandes valores humanos y religiosos dejarían de estar corroborados por un testimonio concreto inscrito en la historia»(2).

No podemos contentarnos con celebrar la memoria de los mártires, admirar su ejemplo y seguir adelante en nuestra vida con paso cansino. ¿Qué mensaje transmiten los mártires a cada uno de nosotros aquí presentes?

Vivimos en una época en la cual la verdadera identidad de los cristianos está constantemente amenazada y esto significa que ellos o son mártires, es decir, adhieren a su fe bautismal en modo coherente, o tienen que adaptarse.

Ya que la vida cristiana es una confesión personal cotidiana de la fe en el Hijo de Dios hecho hombre esta coherencia puede llegar en algunos casos hasta la efusión de la sangre.

Pero como la vida de un solo cristiano donada en defensa de la fe tiene el efecto de fortalecer toda la Iglesia, el hecho de proponer el ejemplo de los mártires significa recordar que la santidad no consiste solamente en la reafirmación de valores comunes para todos sino en la adhesión personal a Cristo Salvador del cosmos y de la historia. El martirio es un paradigma de esta verdad desde el acontecimiento de Pentecostés.

La confesión personal de la fe nos lleva a descubrir el fuerte vínculo entre la conciencia y el martirio.

“El sentido profundo del testimonio de los mártires –según escribía el Cardenal Ratzinger– está en que ellos testimonian la capacidad de la verdad sobre el hombre como límite de todo poder y garantía de su semejanza con Dios. Es en este sentido que los mártires son los grandes testimonios de la conciencia, de la capacidad otorgada al hombre de percibir, más allá del poder, también el deber y por lo tanto abrir el camino hacia el verdadero progreso, hacia la verdadera elevación humana” (J. Ratzinger, Elogio della coscienza, Roma, Il Sabato 16 marzo 1991, p. 89).

4.- Los mártires se comportaron como buenos cristianos y, llegado el momento, no dudaron en ofrendar su vida de una vez, con el grito de «¡Viva Cristo Rey!» en los labios. A los hombres y a las mujeres de hoy nos dicen en voz muy alta que todos estamos llamados a la santidad, todos, sin excepción, como ha declarado solemnemente el Concilio Vaticano II al dedicar un capítulo de su documento más importante –la Constitución Lumen gentium, sobre la Iglesia– a la «llamada universal a la santidad». ¡Dios nos ha creado y redimido para que seamos santos! No podemos contentarnos con un cristianismo vivido tibiamente.

La vida cristiana no se reduce a unos actos de piedad individuales y aislados, sino que ha de abarcar cada instante de nuestros días sobre la tierra. Jesucristo ha de estar presente en el cumplimiento fiel de los deberes de nuestra vida ordinaria, entretejida de destalles aparentemente pequeños y sin importancia, pero que adquieren relieve y grandeza sobrenatural cuando están realizados con amor de Dios. Los mártires alcanzaron la cima de su heroísmo en la batalla en la que dieron su vida por Jesucristo. El heroísmo al que Dios nos llama se esconde en las mil escaramuzas de nuestra vida de cada día. Hemos de estar persuadios de que nuestra santidad –esa santidad, no lo dudemos, a la que Dios nos llama– consiste en alcanzar lo que Juan Pablo II ha llamado el «nivel alto de la vida cristiana ordinaria» (3).

El mensaje de los mártires es un mensaje de fe y de amor. Debemos examinarnos con valentía, y hacer propósitos concretos, para descubrir si esa fe y ese amor se manifiestan heroicamente en nuestra vida.

Heroísmo también de la fe y del amor en nuestra actuación como personas insertas en la historia, como levadura que provoca el fermento justo. La fe, nos dice Benedicto XVI, contribuye a purificar la razón, para que llegue a percibir la verdad (4). Por eso, ser cristianos coherentes nos impone no inhibirnos ante el deber de contribuir al bien común y moldear la sociedad siempre según justicia, defendiendo –en un diálogo informado por la caridad– nuestras convicciones sobre la dignidad de la persona, sobre la vida desde la concepción hasta la muerte natural, sobre la familia fundada en la unión matrimonial una e indisoluble entre un hombre y una mujer, sobre el derecho y deber primario de los padres en lo que se refiere a la educación de los hijos y sobre tantas otras cuestiones que surgen en la experiencia diaria de la sociedad en que vivimos.

Concluimos, unidos al Papa Benedicto XVI y a la Iglesia universal, que vive en los cinco Continentes, invocando la intercesión de los mártires beatificados hoy y acudiendo confiadamente a Nuestra Señora Reina de los mártires para que inflamados por un vivo deseo de santidad sigamos su ejemplo.

Roma, 28 de octubre de 2007

José Card. SARAIVA MARTINS
Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos

lunes, 27 de agosto de 2007

SANTA MONICA.





Santa Mónica
Madre de San Agustín
(Año 332- 387)

LA IGLESIA venera a Santa Mónica, esposa y viuda. Su único hijo fue San Agustín, doctor de la Iglesia. Su ejemplo y oraciones por su hijo fueron decisivas. El mismo San Agustín escribe en sus Confesiones: "Ella me engendró sea con su carne para que viniera a la luz del tiempo, sea con su corazón, para que naciera a la luz de la eternidad" Por su parte, San Agustín es la principal fuente sobre la vida de Santa Mónica, en especial sus Confesiones, lib. IX.

Mónica nació en Africa del Norte, probablemente en Tagaste, a cien kilómetros de Cartago, en el año 332.

Sus padres, que eran cristianos, confiaron la educación de la niña a una institutriz muy estricta. No les permitía beber agua entre comidas para así enseñarles a dominar sus deseos. Mas tarde Mónica hizo caso omiso de aquel entrenamiento y cuando debía traer vino de la bodega tomaba a escondidas. Cierto día un esclavo que la había visto beber y con quien Mónica tuvo un altercado, la llamó "borracha". La joven sintió tal vergüenza, que no volvió a ceder jamás a la tentación. A lo que parece, desde el día de su bautismo, que tuvo lugar poco después de aquel incidente, llevó una vida ejemplar en todos sentidos.
Cuando llegó a la edad de contraer matrimonio, sus padres la casaron con un ciudadano de Tagaste, llamado Patricio. Era éste un pagano que no carecía de cualidades, pero era de temperamento muy violento y vida disoluta. Mónica le perdonó muchas cosas y lo soportó con la paciencia de un carácter fuerte y bien disciplinado. Por su parte, Patricio, aunque criticaba la piedad de su esposa y su liberalidad para con los pobres, la respetó y, ni en sus peores explosiones de cólera, levantó la mano contra ella.

Mónica explicó su sabiduría sobre la convivencia en el hogar: "Es que cuando mi esposo está de mal genio, yo me esfuerzo por estar de buen genio. Cuando el grita, yo me callo. Y como para pelear se necesitan dos, y yo no acepto la pelea, pues… no peleamos". Esta fórmula se ha hecho célebre en el mundo y ha servido a millones de mujeres para mantener la paz en casa.


Se cree que las reliquias de la santa se conservan en la iglesia de S. Agostino.


Santa Mónica: Sigue rogando por las madres y por sus hijos, por las esposas y sus maridos y por todos los pobres pecadores que necesitamos convertirnos.
Mónica significa dedicada a la oración y a la vida espiritual.
Santa Mónica es famosa por haber sido la madre de San Agustín y por haber logrado la conversión de su hijo.

lunes, 20 de agosto de 2007

SAN BERNARDO CLARAVAL.


LA VIRGEN DANDO LECHE A SAN BERNARDO.

San Bernardo defendiendo la II Cruzada


Basilica en la casa natal de San Bernardo

Fue el gran impulsor y propagador de la Orden Cisterciense y el hombre más importante del siglo XII en Europa.

Fundador del Monasterio Cisterciense del Claraval y de muchos otros.


Nació en Borgoña (Francia) en el año 1.090, en el Castillo Fontaines-les-Dijon. Sus padres eran los señores del Castillo y fue educado junto a sus siete hermanos como correspondía a la nobleza, recibiendo una excelente formación en latín, literatura y religión.

San Bernardo es, cronológicamente, el último de los Padres de la Iglesia, pero es uno de los que más impacto ha tenido en ella.

Fue declarado Santo en 1.173 por el Papa Alejandro III. Posteriormente, fue declarado Doctor de la Iglesia.

Su personalidad

Bernardo tenía un extraordinario carisma de atraer a todos para Cristo.
La visión que cambió su trayectoria

Una noche de Navidad, mientras celebraban las ceremonias religiosas en el templo, se quedó dormido y le pareció ver al Niño Jesús en Belén en brazos de María, y que la Santa Madre le ofrecía a su Hijo para que lo amara y lo hiciera amar mucho por los demás. Desde este día ya no pensó sino en consagrarse a la religión y al apostolado. Un hombre que arrastra con todo lo que encuentra, Bernardo se fue al convento de monjes benedictinos llamado Cister, y pidió ser admitido. El superior, San Esteban Harding lo aceptó con gran alegría.

Toda su familia ganada para Cristo.
Su Predicación.

Le llamaban "El Doctor boca de miel" (doctor melífluo). Su inmenso amor a Dios y a la Virgen Santísima y su deseo de salvar almas lo llevaban a estudiar por horas y horas cada sermón que iba a pronunciar, y luego como sus palabras iban precedidas de mucha oración y de grandes penitencias, el efecto era fulminante en los oyentes. Escuchar a San Bernardo era ya sentir un impulso fortísimo a volverse mejor.



Su amor a la Virgen Santísima.

Fue el gran enamorado de la Virgen Santísima. Se adelantó en su tiempo a considerarla medianera de todas las gracias y poderosa intercesora nuestra ante su Hijo Nuestro Señor . A San Bernardo se le deben las últimas palabras de la Salve: "Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María"., así como la bellísima oracion del "Acordaos" cuyo texto íntegro reproducimos en otro apartado de este texto). Tal era su Amor a la Virgen que teniendo costumbre de saludarla siempre que pasaba ante una imagen de ella con las palabras "Dios te Salve María", la imagen un día le contestó "Dios te salve, hijo mío Bernardo".

Los que quieren progresar en su amor a la Madre de Dios, necesariamente tienen que leer los escritos de San Bernardo por la claridad y el amor con que habla de ella. El pueblo vibraba de emoción cuando le oía hablar desde el púlpito con su voz sonora e impresionante:

"Mi gran deseo es ir a ver a Dios y a estar junto a Él. Pero el amor hacia mis discípulos me mueve a querer seguir ayudándolos. Que el Señor Dios haga lo que a Él mejor le parezca". Y a Dios le pareció que ya había sufrido y trabajado bastante, y que se merecía el descanso eterno y el premio preparado para los discípulos fieles, y se lo llevó a su eternidad feliz, el 20 de agosto del año 1153. Tenía 63 años.

ORACIÓN DE SAN BERNARDO.

Acordaos, oh piadosísima Virgen María, que jamás se ha oído decir que ninguno de los que han acudido a vuestra protección, implorando vuestro auxilio, reclamando vuestra asistencia, haya sido desamparado de Vos.

Animado por esta confianza, a Vos acudo, Madre, Virgen de las vírgenes; y gimiendo bajo el peso de mis pecados, me atrevo a comparecer ante Vos. Madre de Dios, no desechéis mis súplicas; antes bien, escuchadlas y acogedlas benignamente. Amén.

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VIRGEN CON CUATRO SANTOS

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Como el océano recibe todas las aguas, así María recibe todas las gracias. Como todos los ríos se precipitan en el mar, así las gracias que tuvieron los ángeles, los patriarcas, los profetas, los apóstoles, los mártires, los confesores y las vírgenes se reunieron en María

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