TODOS LOS SANTOS

sábado, 17 de enero de 2009

SAN ANTONIO ABAD


«Si quieres llegar hasta el final, vende lo que tienes, da el dinero a los pobres, y luego vente conmigo». Acababa Antonio - joven cristiano del Alto Egipto - de recibir la herencia de su familia cuando, al entrar en una iglesia, escuchó esas palabras del Evangelio. Al salir, puso al punto en práctica la palabra del Señor. Partió seguidamente al desierto, en donde había de vivir durante casi un siglo sin lamentar jamás aquel gesto de locura de sus veinte años.


Dormía en un sepulcro abandonado. Siempre fue muy famoso (a su pesar) y apadrinó a muchos ascetas, ayudándoles en el acomodo “espiritual” del desierto. Y poco a poco, él mismo fue avanzando y cada vez más, entre las dunas y en la santidad.


No faltó el demonio a su cita con San Antón en su lugar favorito para tentar. Bien es sabido que en la soledad de arena, uno puede ver su alma y abrazarla, así como encontrarse con el diablo y perderse para siempre. Es una opción personal en la que Dios no toma partido, y tan solo los corazones fuertes pueden salir victoriosos, y es entonces que Dios, bendice con el don de la fe.



San Antonio volvió de su misterio, en loor de santidad y de… multitud. Pues muchos eran quienes se acercaban a él buscando un líder monacal. El buen santo ayudó a todos, pero a él le atraía la soledad con su alma y ésta en conversación con su dios.



Nunca dejó por eso de socorrer a los amigos, como a San Pablo, también retirado en el desierto. En las visitas a su colega, un cuervo era el encargado de llevarles el frugal almuerzo: pan.
Y es así que su irresistible atracción no sólo le acercaba continuamente a sus congéneres, sino que amplió universalmente el significado de la palabra “igual”, y los animalillos con problemas acudían a San Antonio, erigiéndole en su santo patrón de los milagros: “San Antonio”.



Famoso es el caso de una familia de jabalíes –de otra forma condenados a la muerte- que sufrían el desamparo de una mamá ciega que no podía cuidar de su prolijo linaje. San Antonio, ni corto ni perezoso, devolvió la vista a la dedicada jabalí. Y desde aquel día, toda la especie porcina defendió y acompañó a San Antón en sus desplazamientos.



Y es que el milagroso era así: esparcía su bondad en toda dirección. Curó a leprosos y a todos los que en aquella época fatal y marginal de los afectos y afectados de piel, salían a su encuentro. Sin dejar en la cuneta jamás, ni al más pequeño de los seres. Y convirtió muchas almas.



Hoy en día, se festeja por todo lo alto la onomástica de nuestro querido amigo “San Antonio” en todo el mundo. En España, se celebra con las tradicionales hogueras en las que se “quema al demonio”

en recuerdo a la victoria del santo en el desierto, pero además, todos los animales son llevados a las ermitas de San Antón para ser bendecidos.


RELICARIO DE SAN ANTONIO ABAD


Con la bendición de San Antonio muchas familias alimentarían en común un lechón porcino para los pobres; que, distribuido el día de San Antón, terminará acompañando la imagen misma del Santo Abad.


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