
Desde los 4 años de edad sus padres la prometieron en matrimonio y a los 14 años ya la habían casado con el príncipe Luis de Turingia. Tuvieron tres hijos y se amaron intensamente. Isabel comprendió profundamente el sentido del sacramento del matrimonio que está en poner a Dios primero de manera que el amor conyugal se alimente de Cristo y manifieste a Cristo. "Si yo amo tanto a una criatura mortal --le confiaba la joven princesa a su mejor amiga--, ¿cómo no debería amar al Señor inmortal, dueño de mi alma?"

No tenía ningún apego a las riquezas de este mundo y, por el contrario, se sintió siempre atraída hacia una vida espiritual y a intentar aliviar aquí en la tierra los sufrimientos de cuantos la rodeaban, llegando a ser llamada por la gente "la mamacita buena" y "Patrona de los pobres", lo que le creó muchos enemigos en su castillo, donde abundaban las intrigas, la envidia y la codicia.



Un noble húngaro viajó a Turingia para conocer a Isabel, la hija de su rey, de cuyas penas había oído hablar. Al llegar al hospital fundado por la santa, encontró a Isabel sentada, hilando, vestida con su túnica burda. El hombre casi se fue de espaldas, se santiguó asombrado y exclamó: "¿Quién había visto hilar a la hija de un rey?" El noble intentó llevar a Isabel a Hungría en donde sería tratada con honor y reverencia, pero la santa se negó porque sus hijos, sus pobres y la tumba de su esposo estaban ahí, en Turingia.
Uno de los sacerdotes de ese tiempo escribió: "Afirmo delante de Dios que raramente he visto una mujer de una actividad tan intensa, unida a una vida de oración y de contemplación tan elevada". Religiosos franciscanos que la dirigían en su vida de total pobreza, afirmaron que varias veces, cuando ella regresaba de sus horas de oración, la vieron rodeada de resplandores y que sus ojos brillaban como luces muy resplandecientes.
El mismo día de la muerte de la santa, a un religioso se le destrozó un brazo en un accidente y estaba en cama sufriendo terribles dolores. De pronto vio aparecer a Isabel en su habitación, vestida con trajes hermosísimos. Él dijo: "Señora, usted que siempre ha vestido trajes tan pobres, ¿por qué ahora tan hermosamente vestida?". Y ella sonriente le dijo: "Es que voy para la gloria. Acabo de morir para la tierra. Estire su brazo que ya ha quedado curado". El paciente estiró el brazo que tenía totalmente destrozado y la curación fue completa e instantánea. Fueron tantos y tan grandes los milagros que Dios concedió por medio de Isabel, que movieron al Sumo Pontífice a declararla santa, cuando apenas habían pasado cuatro años de su muerte.

"Oh Dios misericordioso, alumbra los corazones de tus fieles; y por las súplicas gloriosas de Santa Isabel, haz que despreciemos las prosperidades mundanales, y gocemos siempre de la celestial consolación. Por nuestro Señor Jesucristo. Amén."
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