
En medio de una tan larga lista de jesuitas ilustres, éste es el jesuita insignificante por antonomasia, un don nadie, un Rodríguez cualquiera que sin dejar de serlo se elevó a las alturas de la mística.
Era segoviano, hijo de un pañero, cuando Castilla era famosa por sus telares, y muy joven aún tuvo que ponerse al frente del negocio, en el que parece no haber sido hábil o lo suficientemente interesado; como el hijo del pañero Bernadone de Asís, tampoco tenía condiciones para mercader.
Se había casado y tenía dos hijos, quizá su esposa María Juárez, le reprochase su falta de espíritu comercial, así no vamos a llegar a ninguna parte, y en efecto Alonso no llegó a ser nada; peor aún, enviudó, murieron sus hijos, y entonces renunció a los paños y quiso entrar en religión.
Pero los jesuitas de Valencia estaban dudosos, tenía pocas letras y no mucha capacidad para los estudios, escasa salud y estaba al borde de la cuarentena. Por fin, como simple hermano coadjutor fue enviado al colegio de Montesión en Palma de Mallorca. Nada más, allí permaneció cuarenta y seis años haciendo de portero (sus atributos son una llave y un rosario al cinto).
La llave para cumplir alegremente con su modesta obligación («obediencia a lo asno» decían que era la suya), pensando que cada vez que sonaba la campanilla quien llamaba era Cristo, el rosario para rezar y meditar, convirtiéndose desde aquel puesto tan oscuro y humilde en un gran místico que hoy asombra a los estudiosos.
Hopkins, el poeta inglés de la Compañía de Jesús, le dedicó un soneto que termina así: Se acumulan los años sin que nada pasase cuando Alonso en Mallorca atendía la puerta.
Santoral preparado por la Parroquia de la sagrada Familia de Vigo.
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