TODOS LOS SANTOS

lunes, 13 de junio de 2011

SAN ANTONIO DE PADU


1195-1231

Bien podía el Papa Pío XII, en 1946, al declararle Doctor de la Iglesia, felicitar a Portugal por haber regalado al mundo esta magnífica flor y a Padua por haberlo recibido en su tierra donde realizó toda clase de prodigios.

Pero ¿por qué es famoso San Antonio? El mismo Pío XII lo declaraba al afirmar que esta fama le venía, "por la santidad de su vida, por la insigne fama de sus milagros y por el esplendor de su doctrina... Por todo ello iluminó y sigue ahora iluminando a todo el universo...".

"El Santo de todo el mundo" le llamó el Papa León XIII. Y no exageraba, ya que San Antonio es sin duda alguna, el Santo más popular de la Iglesia. Pero, sobre todo, es venerado por la gente humilde que sabe descubrir en él la ayuda y el ejemplo en las cosas ordinarias y sencillas. Nació en Lisboa y le fue impuesto el nombre de Hernando o Fernando con el que se le conocerá hasta los veintiocho años cuando ingresó en la Orden Seráfica que cambiará por el de Antonio.

Sus padres se llamaron Martín Bullones y Teresa Tavera. Dieron una sencilla y cristiana educación a su hijo. A los 15 años se entregó a una vida de fervor religioso y estudio concienzudo.

Los Canónigos Regulares de San Agustín forjaron aquella inteligencia y modelaron aquel corazón que tanto supo amar a Dios y a las criaturas. Estudió primero en Lisboa y después en Coimbra.

Mientras estaba en esta ciudad presenció la llegada de los cuerpos de los cinco primeros mártires franciscanos muertos por su fe en Jesucristo, en Marruecos. Fernando recibió como un aldabonazo muy fuerte en su corazón y como una llamada a ser Mártir como aquellos valientes religiosos. Ni corto ni perezoso corre a la portería de los Frailes Menores, al convento de San Antonio de los Olivares, y le dice al P. Guardián a quemarropa: "Padre, si me prometéis enviarme a tierra de moros, os ruego que me deis vuestro hábito".

Es el verano de 1220. Antonio tiene 25 años. Su noviciado fue breve pero bien aprovechado. Asimila las virtudes y la Regla del Padre San Francisco. El P. Guardián sabe que debe cumplir la promesa hecha a Antonio de enviarlo en cuanto haya ocasión a tierra a moros, y, así lo hace en la primavera del 1221. Llegando ya a Marruecos una enfermedad le hace volver hacia España, pero una tormenta arrastra la embarcación hasta Sicilia y allí desembarcan.

En el mismo año le encontramos al lado de San Francisco en el Capítulo general de Asís.

Su encuentro con San Francisco fue digno de quedar grabado para siempre en la historia franciscana. El Serafín de Asís le llamaba cariñosamente "mi obispo" y le ordena que reciba el sacerdocio.

Poco después de esto fue cuando dio muestras de unas excepcionales dotes de predicador. Sus superiores le enviaron entonces a las regiones de la Italia septentrional y de Francia, por las que se difundían las doctrinas cátaras. Desde el convento que fundó en Brive-la-Gaillarde, irradió su influjo Antonio sobre todo el Lemosín, en donde suscitó un amplio movimiento de conversiones.

No llegó a Padua hasta 1230. Al año siguiente, tras haber predicado una cuaresma que conmovió profundamente a la ciudad, moría a los treinta y seis años. Iba a dar comienzo la obra póstuma de Antonio.

El 13 de junio de 1231, con las palabras "Ya veo a Dios", volaba a la eternidad. Antes de un año de su muerte, era canonizado (30 de mayo de 1232) y ya empezaban a multiplicarse los milagros debidos a su intercesión.

Cuando muchos católicos pierden algo, lo primero que hacen es orar a San Antonio. A todo lo largo del mundo la gente implora su intercesión para encontrar de todo, desde las llaves perdidas hasta las almas perdidas.

No sabemos con seguridad cómo un sacerdote franciscano pudo convertirse en una oficina celestial de objetos perdidos. Una leyenda dice que cuando un fraile robó un libro, Antonio oró para que fuera devuelto. El fraile de dedos pegajosos fue poseído de remordimientos y volvió a traer el libro.

Independientemente de cómo San Antonio llegara a asociarse con la recuperación de los objetos perdidos, es uno de los santos favoritos en todo el mundo.

sábado, 11 de junio de 2011

SAN BERNABE, Apóstol (Siglo I)



Fiestas en Logroño, 11 de Junio


Nació en la Isla de Chipre, era Judío de la tribu de Leví.

Su nombre original era José. Los apóstoles le cambiaron por el de Bernabé, que según San Lucas significa "el esforzado", "el que anima y entusiasma".

Los Hechos de los Apóstoles nos narra que Bernabé vendió su finca y entregó todo el dinero a los Apóstoles para distribuir entre los pobres. (Hch,4)

Fue un gran colaborador de San Pablo quién a su regresó a Jerusalén, tres años después de su conversión, recibió de Bernabé el apoyo ante los demás Apóstoles que sospechaban de él.

No cuenta entre los doce elegidos por Nuestro Señor Jesucristo, pero probablemente fue uno de los setenta discípulos mencionados en el Evangelio. Bernabé es considerado Apóstol por los primeros Padres de la Iglesia y también por San Lucas, por la misión especial que le confió el Espíritu Santo.

Los Apóstoles lo apreciaban mucho por ser "un buen hombre, lleno de fe y del Espíritu Santo" (Hechos 11,24), por eso lo eligieron para la evangelización de Antioquía.

Con sus prédicas aumentaron los convertidos.

Se fue a Tarso, y se asoció con Pablo, Juntos obtuvieron un éxito extraordinario. Regresaron a Antioquía, donde permanecieron por un año. Antioquía se convirtió en el gran centro de evangelización y donde por primera vez se le llamó Cristianos a los seguidores de la doctrina de Cristo.

Volvieron a Jerusalén enviados por los Cristianos de la floreciente iglesia de Antioquía, con una colecta para los que estaban pasando hambre en Judea.

El Espíritu habló por medio de los maestros y profetas que adoraban a Dios: "Separad a Pablo y Bernabé, para una tarea que les tengo asignada".

Después de ayuno y oración Pablo y Bernabé recibieron la misión y la imposición de manos. Partieron acompañados de Juan Marcos, primo de Bernabé, futuro evangelista, a predicar a otros lugares, entre estos Chipre, la patria de Bernabé. Allí convirtieron al procónsul romano Sergio Paulo, de quien Saulo tomó el nombre para predicar entre los gentiles.

Fueron luego a Perga en Pamfilia, donde se inició el mas peligroso viaje misionero. Juan Marcos no estaba muy decidido y les abandonó, regresando solo a Jerusalén

Luego prosiguieron su viaje misionero por las ciudades y naciones del Asia Menor.

En Iconium, capital de Licaonia, estuvieron a punto de morir apedreados por la multitud. Se refugiaron en Listra, donde el Señor por medio de San Pablo curó milagrosamente a un paralítico y por esa razón los habitantes paganos dijeron que los dioses los habían visitado, haciendo lo imposible evitaron que la población ofreciera sacrificios en honor a ellos y por eso se pasaron al otro extremo y lanzaron piedras contra San Pablo y lo dejaron maltrecho.

Tras una breve estancia en Derne, donde muchos se convirtieron, los dos Apóstoles volvieron a las ciudades que habían visitado previamente, para confirmar a los convertidos y para ordenar presbíteros. Recordaban que "es necesario pasar por muchas tribulaciones para entrar en el Reino de Dios" (Hch 14, 22). Después de completar la primera misión regresaron a Antioquía de Siria.

Poco después, algunos de los Judíos Cristianos, contrarios a las opiniones de Pablo y Bernabé, exigían que los nuevos cristianos, a parte de ser bautizados sean circuncidados. A raíz de eso, se convocó al Concilio de Jerusalén. Se declaró entonces que los gentiles convertidos estaban exentos del deber de la circuncisión.

Ante el segundo viaje misionero surgió un conflicto entre Pablo y Bernabé. Bernabé quería llevar a su primo Juan Marcos y Pablo se oponía por haberles abandonado en la mitad del primer viaje (por miedo a tantas dificultades). Decidieron separarse. San Pablo se fue a su proyectado viaje con Silas y Bernabé partió a Chipre con Juan Marcos.

Mas tarde se volvieron a encontrar como amigos misionando en Corinto (1 Co. 9, 5-6), por lo que se deduce que Bernabé aún vivía y trabajaba en los años 56 o 57 P.C. Posteriormente San Pablo invita a Juan Marcos a unirse a él, cuando estaba preso en Roma, cosa que nos indica que Bernabé ya había muerto alrededor del año 60 o 61. Otros dicen que era predicador en Alejandría y Roma y primer obispo de Milán.

Escritos apócrifos hablan de un viaje a Roma y de su martirio, hacia el año 70, en Salamina, por mano de los Judíos de la diáspora que lo lapidaron. Tertuliano afirma que Bernabé escribió la Epístola a los Hebreos, otros creen que escribió en Alejandría la Epístola de Bernabé. En realidad, lo que se sabe de el es lo que aparece en el Nuevo Testamento.

Fuente Bibliográfica: Vidas de los Santos de Butler, Vol. II.

jueves, 9 de junio de 2011

SAN EFRÉN 306-373


No es críticamente cierta la cronología ni la historia de este gran Santo que ha llegado hasta nosotros con los piropos de "Arpa del Espíritu Santo, Cantor de la Virgen Inmaculada, Profeta de los sirios, Maestro del Orbe..."

Poco sabemos de su niñez. Algunos historiadores creen que sus padres eran cristianos por la sencilla razón de que los nombres bíblicos solamente solían ponerlos a sus hijos los cristianos.

Nació en Nísibe de Mesopotamia, la actual Irak por el 306.

Parece ser que Efrén se puso al servicio del Obispo de Nísibe, que era el santo varón Jacobo y éste le ordenó de diácono y le encomendó que abriera una Escuela en la que se enseñase, sobre todo, la Sagrada Escritura. Allí Efrén dio comienzo a escribir sus famosos Carmina Nisebina.

Cuando Nísibe pasó a depender de la autoridad de los persas, en 363, Efrén se expatrió junto con la escuela a Edesa. Allí moriría en el año 373.

Su encuentro con San Basilio, cuyo nombre llenaba toda la cristiandad, fue emocionante como el mismo San Efrén nos lo cuenta. Era por el 370. Después de las respectivas presentaciones, le dijo San Efrén: "¡Oh Padre mío, guárdame de mi debilidad y de mis negligencias; dirígeme por el camino recto, el Dios de las inteligencias me ha traído hasta ti para que seas mi médico. Detén mi navío en la onda del reposo!".

La caridad ardía en sus entrañas. Dio cuanto tenía para los pobres. Ya anciano se puso a edificar un hospital para sus conciudadanos de Edesa. Ellos llorarán su muerte como la del padre más amado. A pesar de ser simplemente Diácono hará el oficio de sacerdote, de obispo y de papa, ya que su influjo en la Iglesia de su tiempo no fue superado por nadie.

San Efrén es a la vez un místico - cuya contemplación procede de una ascesis rigurosa -, un doctor igualmente centrado en la alta doctrina como en la catequesis del pueblo, y un poeta a quien las Iglesias de lengua siria han apellidado «el arpa del Espíritu Santo». La producción de Efrén es considerable, pero puesta por entero al servicio de la catequesis.

Bajo la forma de himnos y homilías rimadas, el diácono de Nísibe y de Edesa sigue enseñando al pueblo, de acuerdo con un método que se presta en gran manera a la memorización.

Tiene preciosos comentarios a las Sagradas Escrituras. Encantadores sus "Himnos fúnebres". Compuso muchos himnos y comentarios preciosos sobre la Virgen María, especialmente sobre la Inmaculada. Bien ha merecido el título de "Cantor de la Virgen Inmaculada".

La poética de Efrén, de inspiración semítica, se aparta un poco de la occidental, por sus metáforas e hipérboles, pero su obra está transida de una finísima inspiración de amor a Cristo y a la Virgen Madre de Dios.

Es difícil imaginar un oficio litúrgico sin canto. Desde las catedrales a las capillas, la música es parte integral de la celebración. Más aún, los himnos infunden enseñanza religiosa en nuestro mismo ser. Cojamos un himno tan popular como el «Amazing Grace» (Gracia asombrosa). Pocas historias de conversión han sido contadas de manera tan sucinta, o duradera, como las palabras del en un tiempo esclavista y capitán de navío John Newton.

El uso de los himnos como medio para educar e instruir no empezó en tiempos de Newton.

San Efrén cogía los cantos de los grupos disidentes y heréticos y rescribía sus letras para reflejar una doctrina exacta. Por añadidura, fue uno de los primeros en componer cantos para la adoración oficial de la Iglesia.

A lo largo de los siglos se han compuesto muchas gloriosas piezas musicales para honrar y glorificar a Dios. Aunque puedan disfrutarse meramente por su deleite estético, pueden también utilizarse como un medio de fomentar nuestra vida de oración. Si tienes una composición favorita (quizá El Mesías de Haendel o el Réquiem de Mozart) basada en un tema religioso, ¿por qué no dejarla llenar los lugares vacíos de tu alma? Como Thomas Campion dijera una vez: «El cielo es música.»

Santamente volaba al cielo el 373 ordenando que no se le hicieran honras fúnebres aunque en esto sus hijos espirituales no le hicieron caso.

En 1920 se le reconoció como doctor de la Iglesia por su combate contra las herejías y su inspirada exaltación de las verdades de la fe, sobre todo de la Presencia real de Cristo en la Eucaristía y de la pureza de la Virgen (uno de sus títulos es el de «cantor de la Inmaculada».)

lunes, 30 de mayo de 2011

SAN FERNANDO


Uno de los más grandes hombres del siglo XIII y el más santo de los reyes hispánicos. Llena la primera mitad del mentado siglo, con su vida ejemplar, su intensa piedad religiosa, su prudencia de gobernante y su heroísmo de conquistador audaz. No conoció en sus empresas la derrota, ni el fracaso; siempre, al contrario, fueron coronadas por el triunfo y la gloria. Es modelo de santo seglar, de militar impertérrito, de cruzado valeroso de la fe. Meticuloso palaciego, músico, poeta, y en todo y siempre gran señor y perfecto caballero. — Fiesta: 30 de mayo. Misa propia.

Hijo de un ilegítimo matrimonio real entre Alfonso IX de León y su sobrina Doña Berenguela, que, realizado y consumado sin consentimiento de Roma, fue anulado por Su Santidad Inocencio III, aunque legitimando, no obstante, por Bula pontificia, al niño, fruto de tal enlace.

Nace en las postrimerías del siglo XII, entre los esplendores de la corte de León y crece en sus primeros años, venturosos y felices, acariciado por los cuidados de su madre, mujer virtuosa y ejemplar. Cuando apenas tiene diez años, una grave enfermedad pone su existencia en trance de muerte. Los médicos desesperan de salvarlo. Entonces la madre toma en sus brazos al pequeño, cabalga con él hasta el Monasterio de Oña, reza y llora durante toda una noche ante una imagen de la Virgen, y «el meninno empieza a dormir, et depois que foi esperto, luego de comer pedia», rezan las crónicas reales.

A los quince años, mientras es proclamado por las Cortes heredero del reino, es confirmada la anulación del matrimonio real de sus padres. Reclúyese Doña Berenguela en el Monasterio de Las Huelgas, en Burgos, donde Fernando la visitará con frecuencia.

Un accidente casual ocurrido a su tío Enrique I le hace rey de Castilla, apenas cumplidos sus dieciocho años. La verdadera heredera de la Corona de Castilla es su madre, pero en esta ocasión brillan de manera singular las grandes dotes de esta excepcional mujer: llama a su hijo junto a sí, convoca Cortes en Valladolid y se hace proclamar Reina; mas, tomando enseguida la corona que resplandece en su frente, la coloca sobre las sienes de Fernando, desconcertando con esta clarividente decisión las apetencias del monarca leonés al trono de su esposa. Poco más tarde, esta sucesión real es confirmada solemnemente en el Monasterio de Santa María de las Huelgas, donde su propia madre ciñe al hijo la espada de Fernán González, armándole caballero.

Tal real decisión no es por todos acatada. Surge conflicto con ciertos nobles, que son fácilmente vencidos. Surge otro más grave con el padre, Alfonso IX, que también, por fin, capitula, renunciando a llamarse Rey de Castilla. Es cierto que declara a Fernando desheredado del reino de León; pero llegada la hora histórica, es decir, la muerte de Alfonso, es tanta la simpatía del hijo y tan espontáneo el afecto que inspira a todos, que toma posesión de la segunda corona de un modo absolutamente pacífico, iniciando de este modo la unión definitiva de León y Castilla.

Fernando III casó dos veces: su primera esposa fue Doña Beatriz de Suabia, princesa alemana; la segunda, Juana de Ponthieu. Ambas le dieron hijos.

Como rey, tuvo la obsesión de la justicia; era amable, pero recto y firme en todos sus actos. Fue asimismo un gentil señor, en la más alta acepción de la palabra: palaciego finísimo, jinete elegante y diestro en las carreras, versado en los juegos nobles, incluso en los de salón, como el ajedrez; amante de la música y excelente cantor. Se le atribuyen algunas cantigas dedicadas a la Virgen, su gran pasión y amor desde que su madre le contara cómo le había salvado siendo niño. Fomentador de las artes todas, favoreció con esplendidez al entonces naciente estilo gótico, debiéndose a su impulso las mejores catedrales de España: Burgos, Toledo, León, Palencia...

Tuvo también las dotes de conquistador intrépido y de caudillo insigne, siempre victorioso. En este aspecto, solo puede comparársele con su consuegro Jaime el Conquistador, el gran monarca de Aragón y Cataluña. Sus campañas contra la morisma, le dieron la victoria siempre, en casi toda Andalucía y Murcia, cuyos reinos de Córdoba, Jaén, Sevilla y otros pequeños gobiernos taitas, desaparecen bajo el impulso de su espada, ensanchándose con su unión los horizontes de Castilla. Solamente Granada queda en pie, mas obligada a pagar tributo y rendir vasallaje.

Brillan en nuestro Rey Santo las tres grandes virtudes militares: la rapidez, la prudencia y la perseverancia. Cuando sus enemigos le creen muy lejos, a las márgenes del Duero, en su corte, aparece de repente ante los muros de Córdoba.

Domina el arte de sorprender y desconcertar, aprovechando todas las coyunturas políticas del adversario; organizando con estudio y parsimonia sus grandes y decisivas campañas, prolongando, si preciso es, los asedios con tal de economizar sangre.

El sitio y la conquista de Sevilla tras veinte meses de asedio, son una de las más notables empresas militares de aquellos tiempos; allí debió enfrentarse con decisión y valor enérgico hasta con el desánimo que el calor y la enfermedad producían en muchos de los suyos.

Junto a este aspecto, de militar y conquistador, que pudo haber llevado a efecto la unión total de la patria en su época, debe recalcarse su acción de gobernante, de la que apenas hacen mención los historiadores, o sea: sus relaciones con la Iglesia y los prelados; con los nobles y magnates; su administración de justicia y ejemplares relaciones con los demás reyes peninsulares cristianos; su impulso a la codificación y reforma del derecho; su protección a las artes, ciencias y para la creación de nuevos Centros y Universidades... En estos aspectos fue su reinado tan ejemplar y de subidos quilates de perfección, que sólo es comparable luego con el de la gran reina Católica.

Puede decirse, sin embargo, que Fernando supera a ésta en muchos aspectos: prudencia máxima y caballerosidad, en exceso, con sus enemigos los reyes musulmanes. Vencido su adversario, no se vuelve contra éste; guarda las treguas y los pactos, pensando quizá poder ganarlos con esta conducta para la fe cristiana. Algunos de ellos, en efecto, así evolucionan; el rey de Baeza le entrega en rehén a su hijo, y éste, convertido al cristianismo, es luego uno de los pobladores de Sevilla, sospechándose fundadamente fuera el propio rey su padrino de bautismo. Gracias a su intervención personal ante el Emir de los benimerines en Marruecos, el Papa Alejandro IV pudo enviar un legado al Sultán.

Fue, también, el verdadero creador de la marina de guerra de Castilla; e instituyó, en germen, los futuros Consejos del Reino o actuales de ministros, al designar un colegio de doce varones doctos y prudentes que le asesoraran y con quienes consultar las graves cuestiones de Estado.

En medio de sus innumerables y siempre victoriosas campañas militares y laboriosas gestiones de buen gobierno, brilla con singular esplendor su piedad intensa y ferviente devoción a la Virgen María.

Considerábase caballero de Dios, llamábase siervo de Santa María y tenía a grande honor el título de Alférez de Santiago. Llevaba siempre consigo una pequeña imagen de la Virgen, en el arzón de su montura, cuando cabalgaba; a la cabecera de su cama, mientras dormía; ante la cual pasaba largas horas arrodillado, en los momentos más difíciles.

La entrada y conquista de Sevilla no fue, según nuestro Santo, triunfo del conquistador, sino merced especial de Santa María, y a gloria suya se dedicó el cortejo: las naves de Ramón Bonifaz cubrían el río engalanadas y empavesadas; brillaban las armaduras de los guerreros al reluciente sol andaluz y resonaban los himnos sagrados, mientras, cerrando la marcha y en carroza triunfal, adornada con joyas, tapices y brillantes, iba la Virgen victoriosa, porque «grandes mercedes e honras e bienandanzas —diría el rey luego—, nos fizo et mostró Aquel que es comienzo e fuente de todos los bienes, non por los nuestros merescimientos mas por la sua gran bondad, e por los merescimientos de Cristo, cuyo caballero somos, e por los ruegos de Santa María, cuyo siervo nos somos».

Fernando III de Castilla fue un santo rey, que alcanzó las cumbres más altas de la perfección, santificando las menores acciones de su vida y dedicando a la piedad y devoción mariana más intensa y ferviente todo momento y ocupación.

Al terminar la Cruzada y Reconquista con la entrada triunfal en Sevilla, mientras una primera expedición castellana pone pie en África y nuestro rey planea el paso del estrecho y asentamiento definitivo en aquel continente, cae herido de muerte, por agotamiento de pesares y trabajos continuados.

Al saber próximo su fin e imitando a los grandes penitentes, postrado sobre un montón de cenizas, con una soga al cuello, pide perdón a todos los presentes, dando sabios consejos a su hijo y deudos, con la candela encendida en la mano.

Un resplandor celeste ilumina ya su rostro. «El tránsito de San Fernando, dice Menéndez y Pelayo, oscureció y dejó pequeñas todas las grandezas de su vida”.

Tal fue la vida exterior y la santa muerte del más grande de los reyes de Castilla, «atleta y campeón invicto de Jesucristo», según los Papas Gregorio IX e Inocencio IV. «De la vida interior —volvamos a Menéndez y Pelayo— ¿quién podría hablar dignamente sino los ángeles, que fueron testigos de sus espirituales coloquios y de aquellos éxtasis y arrobos que tantas veces precedieron y anunciaron sus victorias?»

sábado, 21 de mayo de 2011

SAN EUGENIO DE MAZENOD


Carlos José Eugenio de Mazenod nació en Aix-en-Provence, Francia, el 1 de agosto de 1782. Su padre ocupaba un importante cargo político por lo que la familia gozaba de una posición acomodada. El pequeño Eugenio poseía un temperamento autoritario e irascible; pero también una gran nobleza de corazón: en una ocasión, movido por la compasión, cambió sus ropas con las de un niño carbonero.

En la primavera de 1794, la familia tuvo que abandonar el país por razones políticas estableciéndose en Venecia. Eugenio, siendo extranjero, no tenía amigos ni acudía a la escuela. Un sacerdote, el P. Bartolo Zaneli, lo tomó bajo su cuidado de modo informal. Gracias a esta amistad, Eugenio comenzó a sentirse atraído por el sacerdocio. Posteriormente, siempre por razones políticas, los Mazenod se trasladaron a Sicilia para volver más tarde a Francia. Durante este período, Eugenio llevó una intensa vida social, cuya frivolidad y superficialidad le aburría y hastiaba. Así, insatisfecho y deseoso de un sentido más profundo para su existencia, el 12 de octubre de 1808 llamó a las puertas del seminario de san Sulpicio. Debido a su madurez y celo por las almas, los superiores del seminario lo promovieron tres años más tarde a las sagradas órdenes.

En octubre de 1812 comenzó su ministerio sacerdotal en la región de Provenza, dedicándose especialmente a los pobres. Queriendo remediar el empobrecimiento espiritual de éstos a causa de la reciente revolución laicizante, fundó en Aix una asociación de sacerdotes seculares. Sus miembros recorrían la Provenza predicando en provenzal y de modo sencillo, buscando sobre todo la instrucción del pueblo en la doctrina cristiana. La asociación pronto se convirtió en la congregación de los Oblatos de María Inmaculada.

El Carisma Oblato

“Me ha enviado a evangelizar a los pobres, los pobres son evangelizados” Son las palabras que encontramos escritas en el escudo oblato. San Eugenio de Mazenod, tras haber experimentado el Amor de Cristo Salvador en la Cruz, se sintió llamado a una vocación singular y así lo transmitió a sus primeros compañeros, “llamados a ser los cooperadores de Cristo Salvador”. En tan pocas palabras se encuentra recogido lo central del carisma.

León XII la aprobó, a pesar de la oposición de algunos obispos franceses, diciendo: “Me agrada esta sociedad; sé el bien que hace y quiero favorecerla”.

Obispo de Marzella

La misión del P. Mazenod como fundador hasta cierto punto había terminado, pero aún le esperaba un nuevo encargo: la diócesis de Marsella. El P. Eugenio, o mejor, Mons. Eugenio Mazenod tomó posesión el 24 de diciembre de 1837. Todo el espíritu de la congregación por él fundada se derramó sobre Marsella. En su deseo de estar cerca del pueblo, todos los días recibía a las personas desde las 10:00 de la mañana hasta las 2:00 de la tarde, sin necesidad de cita. Realizaba frecuentes visitas pastorales y pidió a sus sacerdotes que predicaran de forma sencilla explicando el credo, la santa misa y el evangelio.

Luchó incansablemente por la libertad de enseñanza hasta lograr, con la promulgación de la ley Falloux, el derecho a la clase de religión. Creó 22 nuevas parroquias, edificó numerosas iglesias —entre ellas la misma catedral— y se establecieron 31 congregaciones religiosas en su diócesis.

A pesar de su intensa actividad apostólica y de los sacrificios que ésta imponía a su cuerpo, pudo gozar de una larga vida. El obispo que predicaba en provenzal y había hecho de los pobres sus hijos predilectos, partió para el abrazo con el Padre el 21 de mayo de 1861, a la edad de 79 años. Fue canonizado el 3 de diciembre de 1995 por el papa Juan Pablo II.

viernes, 20 de mayo de 2011

SAN BERNARDINO DE SIENA PREDICADOR





San Bernardino fue el más famoso predicador del 1400 y sus sermones sirvieron de modelos de predicación para muchos oradores en los siglos siguientes.

Nació cerca de Siena en Italia en el año 1380. Su padre era gobernador. El niño quedó huérfano de padre y madre a los siete años. Dos tías se encargaron de su educación y lograron formarlo lo mejor posible en ciencias religiosas y darle una educación muy completa. Sus estudios de bachillerato los hizo con tal dedicación que obtuvo las mejores notas.

Era muy simpático en el trato y las gentes gozaban en su compañía. Pero cuando oía a alguien que empleaba un vocabulario grosero y atrevido le corregía con toda valentía, para que abandonara esa mala costumbre.

Era muy bien parecido y un día un compañero lo incitó a cometer una acción impura. Bernardino le respondió dándole una sonora bofetada. Otro día un estudiante invitó a los compañeros del curso a cometer impurezas y Bernardino los animó a todos contra el impuro y le lanzaron barro y basura por la cara hasta hacerlo salir huyendo. Pero en el resto de su vida Bernardino fue siempre un modelo de amabilidad y bondad.

De joven se afilió a una asociación piadosa llamada "Devotos de Nuestra Señora" que se dedicaba a hacer obras de caridad con los más necesitados. Y sucedió que en el año 1400 estalló en Siena la epidemia de tifo negro. Cada día morían centenares de personas y ya nadie se atrevía a atender los enfermos ni a sepultar a los muertos, por temor a contagiarse. Entonces Bernardino y sus compañeros de la asociación se dedicaron a atender a los apestados. Trabajaban de día y de noche. Bernardino preparaba muy bien a los que ya se iban a morir, para que murieran en paz con Dios y bien arrepentidos de sus pecados. Y como por milagro, este grupo de jóvenes se libró del contagio de la peste del tifo. Pero cuando pasó la enfermedad, Bernardino estaba tan débil y sin alientos, que estuvo por varios meses postrado en cama, con alta fiebre. Esto le disminuyó mucho las fuerzas de su cuerpo, pero le sirvió enormemente para aumentar la santidad de su alma.

Cuando ya recobró otra vez su salud, de vez en cuando se alejaba de casa y a quienes le preguntaba a dónde se dirigía les respondía: "Voy a visitar a una personita de la cual estoy enamorado". La gente creía que era que se iba a casar, pero un día sus tías le siguieron los pasos y se dieron cuenta de que se iba a una ermita donde había una estatua de la Virgen Santísima y allí le rezaba con gran fervor.

En el año 1402 entró de religioso franciscano. Lo recibieron en un convento cercano a su familia, pero como allí iban muchos amigos a visitarlo pidió que lo enviaran a otro más alejado y donde la disciplina era muy rígida, y así en el silencio, la oración y la mortificación se fue santificando.

Nuestro santo nació el día de la fiesta del nacimiento de la Santísima Virgen, el 8 de septiembre. Y en esa misma fecha recibió el bautismo. Y también un 8 de septiembre recibió el hábito de franciscano y en ese gran día de la Natividad de Nuestra Señora recibió la ordenación sacerdotal (en 1404). Fue pues siempre para él muy grata y muy significativa esta santa fecha.

Los primeros 12 años de sacerdocio los pasó Bernardino casi sin ser conocido de nadie. Vivía retirado, dedicado al estudio y la oración. Dios lo estaba preparando para su futura misión.

Ni la voz ni las cualidades oratorias le ayudaban a Bernardino para tener éxito en la predicación. Entonces se dedicó a pedir a Nuestro Señor y a la Sma. Virgen que lo capacitaran para dedicarse a evangelizar con éxito y de pronto Dios le envió a predicar. Y esto sucedió de un modo bien singular. Durante tres días seguidos, estando rezando todos los religiosos por la mañana, de pronto un joven novicio, sin poder contenerse, interrumpió la oración y le dijo: "Hermano Bernardino: no ocultes más las cualidades que Dios te ha dado. Vete a Milán a predicar". Iguales palabras le fueron dichas cada uno de los tres días. Todos consideraron que esto era una manifestación de la voluntad de Dios y le aconsejaron que se fuera a la gran ciudad a predicar la Cuaresma. Y los éxitos fueron impresionantes. Las multitudes empezaron a asistir en inmensas cantidades a sus sermones. Al principio le costaba mucho hacerse oír a lo lejos pero le pidió con toda fe a la Virgen Santísima y Ella le concedió una voz potente y muy sonora (en vez de la voz débil y desagradable que antes tenía).

Y desde 1418 hasta su muerte, por 26 años Bernardino recorre pueblos, ciudades y campos predicando de una manera que antes la gente no había escuchado. Se levantaba a las 4 de la mañana y durante horas y horas preparaba sus sermones. Y el efecto de cada predicación era un entusiasmarse todos por Jesucristo y una gran conversión de pecadores. Muchísimos terminaban llorando de arrepentimiento al escuchar sus palabras. Cuando su voz potentísima gritaba en medio de la silenciosa multitud: "Temblad tierra entera, al ver que la criatura se ha atrevido a ofender a su Creador", a las gentes les parecía que el piso se movía debajo de sus pies y empezaban a llorar con gran arrepentimiento. Casi siempre tenía que predicar en las plazas y campos porque en los templos no cabía la gente que deseaba escucharle.

Recorrió todo su país (Italia) a pie, predicando. Cada día predicaba bastantes horas y varios sermones. A todos y siempre les recomendaba que se arrepintieran de sus pecados y que hicieran penitencia por su vida mala pasada. Atacaba sin compasión los vicios y las malas costumbres e invitaba con gran vehemencia a tener un intenso amor a Jesucristo y la Virgen María.

Por todas partes llevaba y repartía un estandarte con estas tres letras: JHS (Jesús, Hombre, Salvador) e invitaba a sus oyentes a sentir un gran cariño por el nombre de Jesús. Donde quiera que San Bernardino predicaba, quedaban muchos estandartes en palacios y casas con sus tres letras: JHS.

En Polonia predicó contra los juegos de azar y las gentes quemaron todos los juegos de azar que tenían. Un fabricante de naipes se quejó con el santo diciéndole que lo había dejado en la ruina, y él aconsejó: "Ahora dedíquese a imprimir estampas de Jesús". Así lo hizo y consiguió más dinero que el que había logrado conseguir imprimiendo cartas de naipe.

Los envidiosos lo acusaron ante el Papa diciendo que Bernardino recomendaba supersticiones. El Papa le prohibió predicar, pero luego lo invitó a Roma y lo examinó delante de los cardenales y quedó tan conmovido el Sumo Pontífice al oírle sus predicaciones, que le dio orden para que pudiera predicar por todas partes.

Durante 80 días predicó en Roma e hizo allí 114 sermones con enorme éxito.

El Papa quiso nombrarlo arzobispo, pero el santo no se atrevió a aceptar. Entonces lo nombraron superior de los franciscanos, porque era el que más vocaciones había conseguido para esa comunidad.

Cuando Bernardino entró en la comunidad de franciscanos observantes, solamente había en Italia 300 de estos religiosos. Cuando él murió ya había más de 4,000.

Los grandes sacrificios que tenía que hacer para predicar tantas veces y en tan distintos sitios, y los muchos ayunos y penitencias que hacía, lo fueron debilitando notoriamente. En su rostro se notaba que era un verdadero penitente, pero esta misma apariencia de austero y mortificado, le atraía más la admiración de las gentes. El único lujo que aceptó en sus últimos años, fue el de un borriquillo, para no tener que hacer a pie todos sus largos viajes.

Era tal su deseo de progresar en el arte de la elocuencia y del buen predicar, que donde quiera que sabía que había un buen predicador, se iba a escucharlo y aún ya lleno de años, se sentaba como simple discípulo para escuchar las clases de los maestros afamados que enseñaban cómo hablar bien en público.

Y acompañaba sus predicaciones con admirables milagros y prodigios.

En su ciudad natal, Siena, había muchas divisiones y peleas. Se fue allá y predicó 45 sermones que devolvieron la paz a toda esa región. Uno de los oyentes logró copiar esos sermones y se conservan como una verdadera joya de la elocuencia sagrada, donde se combinan la teología con los consejos prácticos y la agradabilidad con la profundidad. Verdaderamente Bernardino era un gran maestro de oratoria.

En 1444, mientras viajaba por los pueblos predicando, con muy poca salud pero con un inmenso entusiasmo, se sintió muy débil y al llegar al convento de los franciscanos en Aquila, murió santamente el 20 de mayo.

En su sepulcro se obraron numerosos milagros y el Papa Nicolás V ante la petición de todo el pueblo, lo declaró santo en 1450 a los 6 años de haber muerto.

San Bernardino de Siena:
Suplícale al buen Dios y pídele a la Virgen Santísima,
que nos envíe muchos y muy buenos predicadores, como tú.
Ay de mí si no propago el evangelio. (San Pablo)
.

jueves, 19 de mayo de 2011

SAN CELESTINO V

Benedicto XVI, visito la tumba de San Pedro Celestino V.

Papa #192.
Nacido en Isernia, Italia (1221)
Pontificado: Elegido, 5 Julio 1294, ordenado obispo de Roma, 29 agosto, Renuncia el 13 Diciembre, 1294.
Muere en Ferentino, 19 Mayo 1296.
Unico Papa que ha abdicado. Ultimo Papa que lleva ese nombre.

Pedro fue el úndecimo hijo de Angelo Angelerio y Maria Leone.
Su padre murió siendo Pedro joven. Cuando su madre preguntaba a sus hijos: "¿Quien de ustedes va a ser santo?" El pequeño Pedro respondía: "Yo, mama. Yo seré santo"

A la edad de 20 años, Pedro se hizo ermitaño y siguió la regla benedictina Fue ordenado sacerdote en Roma. En 1246 de vuelta en Abruzzo, vivió cinco años en una cueva cerca en el Monte Morroni, cerca de Sulmona. Sufrió violentas tentaciones que casi lo llevan a la desesperación. Pero el consejo de su director espiritual y algunas visiones le ayudaron a recobrar la paz. En una visión cierto santo abad, recien muerto, se le apareció confirmando el consejo de su director, le ordenó regresar a su celda y ofrecer cada día el sacrificio de la misa. Cuando deforestaron la montaña en donde vivía, se fue con dos compañeros al monte Magella. Otros ermitaños buscaban su guía lo que le llevó a fundar la comunidad del Espíritu Santo de Magella (Benedictinos Celestinos). Fue aprobada en 1271 por Gregorio X.

Pedro vivía en pobreza dedicado a la oración y a copiar libros. Nunca comía carne y ayunaba excepto el domingo. Dormía muy poco. Sus austeridades eran excesivas por lo que Dios en una visión le enseñó que no debía destruir su cuerpo sino que era su deber mantenerlo.

Mientras Pedro y sus hermanos se dedicaban a la oración y la penitencia, la Iglesia cursaba aguas tormentosas. Tras la muerte del Papa Nicolás IV, los cardenales en Roma no se ponían de acuerdo para elegir un nuevo Papa. Por dos años y tres meses la Sede permanecía vacante.

Los cardenales sorpresivamente eligieron a nuestro santo Papa. Hay diferentes relatos sobre como esto sucedió. Según la historia de Butler*, los cardenales se reunieron en Perugia y lo eligieron por unanimidad por su fama de santidad. El trató todos los argumentos para disuadirlos sin éxito. Entonces trató de huir pero fue interceptado. Fue ordenado obispo de Roma en la catedral de Aquila, cercana al monte Morroni donde vivía con sus hermanos ermitaños.

Celestino duró cuatro meses como Papa. Continuó siempre su vida pobre en medio de riquezas y humilde en medio de la fama. Se construyó una celda de madera. Siguió s en el Era santo pero no sabía gobernar. El rey Carlos de Nápoles se aprovechó de el y también hubieron abusos por parte de algunos en la curia del Vaticano. Celestino no estaba preparado para esas luchas.

Su conciencia le pesaba al sentir que no era competente para enfrentar las exigencias del Papado. Después de informarse sobre la ley de la Iglesia, el 13 de diciembre de 1294 convocó un consistorio de los cardenales en Nápoles, en el que estaba presente el rey de Nápoles y muchos otros. Ante ellos, Celestino leyó el acta solemne de abdicación, se quitó las vestimentas y ornamentos papales, se puso su hábito religioso, se bajo del trono y se postró ante la asamblea, pidiendo perdón por sus faltas y pidiendo a los cardenales que las reparen en la mejor forma que puedan escogiendo a un digno sucesor de San Pedro.

Vivió 10 meses después de su renuncia en vida oculta dedicado a la oración.

Pedro, habiéndose despojado de todo, regresó al monte Moroni para vivir con sus monjes, pero tantas eran las personas que iban a verle que el nuevo Papa temió que se produjera un cisma. Pedro fue retirado al castillo de Fumone, a nueve millas de Anagni, bajo guardia. Vivía su vocación monacal cantando continuamente los salmos con sus hermanos. Decía: "Yo deseaba nada en este mundo mas que una celda; y una celda se me ha dado". Profetizó su muerte y murió en la pobreza absoluta que siempre quiso vivir, después de haber rezado devotamente el salmo: "Que todo espíritu alabe al Señor"

Enterrado en la iglesia de Santa María de Collemaggio, Aquila, Italia.

Canonizado en 1313




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